Lena
16 November 2009 @ 11:45 pm
Un día, él se fue de donde estaba quedándose.

Sabías en dónde era, a veces pasabas por allí, mirabas de lejos el edificio de paredes quebrajadas y pintura de mal gusto que se caía abajo. La humedad pintaba caras, desfiguradas por las grietas y las parejas que hacían el amor entre las sombras de los callejones. Te sentías demasiado dama para responder sus cartas, que te parecían desesperadas y ridículas. No le prestaste atención antes, las volviste un bollo (no fue difícil, no eran muchas, le interesabas poco o eso te dijiste, como excusándote, enojada contigo misma, porque no había necesidad o así lo mandaba la lógica maldita que te roía los huesos ante toda acción), las escondiste en un rincón de cualquier cajón sobrepoblado de inspiración abortada y te olvidaste de ellas. O fingiste olvidarte hasta que te lo creíste y cuando fuiste a buscarlas, presa del insomnio, rogaste que no estuvieran ahí. Estaban. Ya no parecían tan terribles, pero para entonces ustedes dos eran enemigos o casi y no ibas a responderlas, además de que hubiera quedado muy mal que le respondieras una carta que te garabateó (de poseur que era, no más, celoso de tus amistades con las que sí compartías ese vínculo de sincera empatía) hacía más de un año.

La mayoría de las cosas que no te entraban por los ojos cuando te ponías un velo y salías a caminar casualmente por su residencia, te las contaban los demás, esos que eran tus amigos (bueno, te gustaba pensar eso, a pesar de que casi siempre eras tú la que les invitabas los tragos y les dedicabas los bocetos) y para qué, porque no conseguías más que enredarte. Que estaba enamorado. Que salía con putas, algunas alarmantemente jóvenes, otras tan grandes que pudieron oficiarle de abuelas o bisabuelas. Que le daba al opio sin parar. Que por eso pintaba tan bien últimamente, que su estilo era único y espectacular, aunque no conseguía dónde exponer y vendía una obra cada vez que cambiaban al Papa. Otros afirmaban que hacía puros garabatos, que nunca tuvo oh, talento pero que ahora era de lleno un mediocre con experiencia, que pintaba para salir del caos interno, pero que su caos interno a los demás no les servía de nada, porque no tenía técnica y a veces ni sabía lo que quería decir con sus putas desnudas, bañadas en sangre y en poses impúdicas, a penas coloreadas por compromiso o acaso lo sabía y se lo guardaba para joder, lo que era mucho peor, así que los que no lo envidiaban, lo tildaban de imbécil, pedían otro trago y cambiaban el tema. Nunca fue grato conversar con él, hablaba consigo mismo o con gente que a penas y pisaba de vez en cuando esos cafés y bares oscuros, así que en cierto modo te alegraste de que no se acercara más por esa clase de lugares o que al menos no frecuentara los mismos que tú.

Una vez, una vez en la que estabas leyendo algunos poemas (eras multifacética, a diferencia de él, pero tampoco te decidías a hacer nada, mejor un poco de todo y al mismo tiempo nada, qué más da, si los diletantes que frecuentabas te aplaudían igual y mientras lo hicieran y se inventaran motivos para hacerlo, todo bien) en voz alta, sentada sobre una de las mesas mugrientas, te pareció que el que levantaba la cabeza de entre los brazos rendidos en la oscuridad, era él. La cara chupada como la de una calavera y un traje de un color estrafalario que le quedaba espantoso, tan propio de él no saber vestirse, disponiendo de una suma parecida a la tuya para hacerlo, la típica que arrojan los parientes que se sienten responsables del bohemio idiota que se ha descarriado. Procuraste no mirarlo más que a los demás, no fue difícil porque tenías algunos de tus amigos dando vueltas y pudiste entrar en las bromas privadas, tanto mejor si se sentía un poco celoso como antaño. Por algún motivo. Hasta leíste uno de los poemas que más o menos te hacían acordar a él, a su impotencia sexual cuando no se acostaba con putas, a tu timidez casi virginal, a su torpeza al tocarte, a tu reticencia porque no era tu marido (el que se casó contigo casi sin preguntarte, con grandes ceremonias que te halagaron pero también hicieron que te sintieras incómoda, como si fueran ofrendas para una que no eras tú, definitivamente o que tal vez fuiste, pero luchabas con ella para ser más fuerte y no necesitar al hombre más que para reprimir los ataques de llanto histérico que te daban a veces y se calmaban solo con esas caricias que odiabas necesitar) y tampoco el amigo de la infancia que tanto morbo te despertaba.

Te pareció que no te escuchó bien, porque tomó la botella que estaba bebiendo y se precipitó hacia la puerta, sin mirarte. A lo mejor también cambiaste, aunque te sintieras más o menos igual y tuvieras el apellido de siempre, el rostro debajo de la luz, ninguna mujer de la calle a tu alrededor. Te lo imaginaste tirado en la acera cuando salieras, dos horas más tarde. Entonces hablarían y se disculparían, como había pasado un par de veces antes. Te gustaba hacer el amor con él, que te contara su pasado (aunque supieras que la mitad era un verso mal escrito en su lengua de charlatán, lo poco que tanteabas como verdad, te preocupaba, despertaba la ternura dentro de ti y tus amigos decían que él se alimentaba de eso, de dar lástima), que te diera todos los signos de estar enamorado, sin poner las cartas en la mesa (demasiado tímida eras para hacerlo tú y tampoco querías dañarlo, después de aquella vez en que tu marido casi lo mata a golpes por maltratarte de boca) y que dijera que siempre estaría para ti. Pero también sabías de los otros, de tu hermana menor a la que miraba bailar en el escenario con lágrimas de pedófilo redimido en los ojos (y ella le pedía que volviera, cada vez que sus manos se estrechaban, quedaban largo rato juntas, de manera muy sospechosa, aunque era el trato que la niña le daba a muchos), de tu otro amigo de la infancia, que siempre parecía a punto de matarlo y cómo se enrarecía el ambiente cuando el tonto entraba en él y tenían que compartirlo.

Cuando te enteraste de que su cuarto estaba vacío, corriste a verlo con tus propios ojos. Dijiste ser una amante y te dejaron pasar aunque no hubiera nada ahí, solo papeles en el suelo y las maldiciones del encargado de limpiar. No lloraste. Te molestó, naturalmente. Te preguntaste si lo volverías a ver, si se habría tirado a un río o eras tú la única que tenía esa clase de fantasías. A partir de ahí, te la pasas mirando por la calle y en las tertulias, buscando un rostro chupado de la vida, taciturno y con cara de gustarle mucho ejercitar la entrepierna en equipo, sin distinción de género. Es inútil, porque si no se mató, se curó, pero hasta que te olvides de que él existe y pasó por tu vida dejando una estela de mierda, mejor tener esperanza.

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