Lena
04 November 2009 @ 11:45 am
Bell se me acercó el otro día.

Tenía la cara roja y los ojos hinchados de tanto llorar. Se agitaba, respiraba muy difícil. La reprobaron en una materia. Según ella es porque la profesora que la imparte es fanática del Centro de Estudiantes, de ahí que solo los miembros de este aprobaran. Le pregunté cómo se entra a esa clase de agrupaciones.

Bell: Oh, bueno, primero empezás repartiendo volantes. Pero no te veo haciendo eso, así como estás, por lo menos. Si querés, te estirpo el lóbulo frontal del cerebro para que encajes con la clase de gente que hace esos trabajos. ¡Hasta vas a poder garcharte a tu amor platónico! Si supieras cómo te saltan encima las pendejas cuando estás metida en eso: les da igual si sos una nena o un nene, total ellas abren las patas, perdón, la mente. Ríos de flujo vaginal a tus pies.

Al menos reímos un rato.

No quiero hablarle a Sophia. Ella dice que ya no siente nada por mí. Me siento ridícula tratando de insinuarme y cayendo en el vacío. He olvidado. Además de entender la esencia fundamental de lo que llamamos “amor”: caliente al fuego, una vez que lo apagamos, derecho al olvido, si no eres muy cobarde para aceptarlo. Será mejor que busque otra obsesión, otro cariño que me consuma igual o peor, que igualmente me destroce, para que ese dolor cubra el otro, del mismo modo en que un aroma fuerte (a podredumbre) es cubierto por el desodorante ambiental, que como consecuencia solo deja la capa de Ozono estilo gruyere.

El problema son sus amigos, gente con la que me llevo bastante bien y que creen que la evito porque tengo algo en su contra, por lo que me evitan también. No saben ni en dónde están parados. No es la primera vez que me pasa.

Bell: No te asocies con necios. Es incluso peor que trabar amistad con alguien que en el fondo sabés que es tu enemigo. No pueden proporcionarte más que dolor y ni siquiera van a darse cuenta de que te lo entregan o encima se repetirán que hacen lo correcto por sí mismos y esos a los que les tiran la goma. Amistades así no valen la pena. Buda decía que había que buscar alguien sensato con quien hablar y que si no se encontraba, entonces mejor vivir solo.

El otro día estábamos en la terraza. Hizo ademán de tirarse, bromeando. Yo tengo vértigo y permanecía pegada a la pared. Me separé solo para sujetarla y apartarla del borde. La tonta se reía y yo me enojé, pero no tanto con ella como conmigo, porque me dí cuenta de que no lloraría al ver a Bell muerta, precisamente. Si me sintiera triste, sería porque notaría que me afecta más la idea de volver a estar sola que la de ella, haciéndose daño.

¿Qué siento por ella? Quiero que dure, lo que tenga que durar. No tiene forma de nada y sin embargo, a veces me descubro limpiando su cuarto, ordenando su cocina, ofreciéndome a prepararle algo para cenar y si pasamos mucho tiempo en donde yo vivo, las horas se desaparecen y siento vergüenza si recién salgo de la cama cuando ella toca el timbre. Horas, horas y horas. Quizás mi dilema es que no la elegí, que en cierto modo ella me secuestró para servirse de mi energía, que tanto le estaba faltando y que no encontraba cause para salir de mí. Para poseerme, debe matarme un poco y por eso encuentro dolor en ella, además de la violencia que guarda bajo su piel, que es como un mar en el que aguardan desde tiburones a barcos piratas con tesoros que nadie ha tocado, por miedo a la oscuridad. Eso es Bell y a veces tengo la impresión de que no va a terminarse enseguida, así que estoy contenta. Otras salgo a buscar una cosa que es muy diferente, algo que me despierte por completo, porque es distinto ser el fuego casero que calienta la sopa de una ama de casa y una hoguera que consume bosques enteros, ciudades y territorios hasta dejar cenizas detrás, íntegramente lo que era la vida. Soy ambiciosa. Charlotte dice que nunca me perdonará eso, pero que también le gusta, porque ella es igual.

En realidad yo tendría que estar ahí. En el fondo del mar, muerta.

Lucía Puenzo-El niño pez.

Current Mood: crazy