-Podría presentarte un par de chicas, si querés coger con ellas. Pero no podés hacer otra cosa y no lo digo por celos. Son estúpidas. Hay que darles, ¿entendés? Si les sacudís la cabeza, sale polvo de adentro de sus orejas y se escapan las polillas, que anduvieron alimentándose de libritos de Corín Tellado. Ya sé que te enoja que hable así, pero es la verdad. Además de que son fáciles. Prácticamente como putas.
Bell es terrible como misógena. Lee a Bukowski y se siente más identificada antes de caer en la repugnancia (a mí me pasan las dos cosas, quizás porque encuentro el realismo sucio muy gracioso). Tras leer juntas La máquina de follar en su ordenador, dijo: Debe doler ser un chico, yo no sé cómo lo soportan. Tener las pelotas colgando, ser un blanco tan fácil de la histeria de las minas. A ella le encanta tomarles el pelo a las mujeres. Me lo ha hecho a mí un par de veces. Se burla sin consciencia alguna, pero también sé que lo hace porque se siente mal y molestar levemente es la única forma de escapar a su propio sufrimiento crónico.
Una vez caminábamos juntas por una de las plazas de la ciudad, cercana a la Universidad. Encontramos a unas chicas que cursan conmigo a veces. Estaban almorzando sentadas en unos bancos anchos de piedra y lo primero que ella dijo fue: ¡Qué ovarios tienen ustedes para acomodarse ahí! Yo no podría. Me da miedo que haya quedado esperma de los chicos que vienen acá a divertirse los sábados. Porque los espermatozoides se te suben en las piernas y se meten por tu vagina. No les importa cuánto tiempo pase, si te pueden fecundar.
Las dos se quedaron mirándonos con la misma expresión pasmada y horrorizada. Eran lindas con esas caras que pintaban pronto a sus dueñas levantándose con asco y terror, arrojando los sándwiches al suelo, con tal de correr pronto a la clínica abortiva ilegal más cercana. Yo les expliqué que Bell bromeaba y se enojaron antes de suspirar aliviadas y retomar la charla superficial.