-Te convendría irte de aquí. Bueno, yo que tú, eso haría.
Te agachas para estar más cerca de ella. No te atreves a hacer tanto como volver a tocarla, pero quieres sentir que estás a su altura en tantos aspectos como es posible. Lo estás, lo estás. Parece que te está ignorando. A penas –hay que prestarle muchísima atención y no tener nada mejor que hacer de momento- pareciera que ha empezado a tararear un poco más fuerte.
-¿Crees que él regresará por ti? ¿Qué entrará por esa puerta como hacía ocasionalmente, cargado de regalos que ninguna de las dos realmente necesitaba, dándome una mirada desconfiada de soslayo, para después alzarte en brazos e ir a la cocina a prepararte una cena caliente? ¿Qué aunque no hablará de sentimientos profundos por ti, sabrás que existen porque te preguntará qué has hecho todo este tiempo, pasará sus ojos por encima de tu piel llena de heridas a medio cicatrizar sobresaliendo de tus vestidos rotos y de mal gusto (nunca me agradó coser) que te han regalado nuestros clientes? Él es un niño, deberías saberlo bien.
“Sin embargo, no es mentira que siguió viniendo por ti. Aunque al principio le gustara yo, me descubrió amargada e hipócrita, me llamó de mil maneras que a su alta alcurnia le parecían insultos (yo me reí mucho de su ingenuidad), a veces con los ojos, otras con la voz trémula, temeroso de que tú lo oyeras. Le gustabas como le gustaban sus perros o las otras niñas de las muchas casas que frecuentaba. Esperaba que brincaras en sus rodillas, aunque era demasiado tímido para hacer más que agarrarte fuerte de la cintura y hundir la cara en tu cabello. Y tú le tenías miedo. Miedo de su nombre, de que se olvidara de venir por nosotros, de esas otras familias que pudiera tener, de la gente que al pasear por las calles de la ciudad, parecía conocerte y te miraban con una perfidia que no creías merecer.
“Él es un niño y no puede cuidar de nadie, ni siquiera de sí mismo. A penas y le es posible dar caricias a las niñas más bonitas que tú y prometerles el mundo, si se portan como es debido, mientras que sus madres se le lanzan en los brazos galantes, escondidos en su traje de buen corte. Él es un niño y en ese amor pasajero, encuentra un bálsamo para el rechazo de una sociedad que le prometió tanto como él suele prometerles a los niños y a las tontas, pero que no le dio nada, por mucho que se esforzó antes de rendirse. Tampoco podía darte nada, tampoco les dio nada a las otras niñas lindas. Esas que eran de mejores casas que la nuestra. Esas que tenían madres bien ataviadas, que no parecían hombres malvados venidos a menos. Como yo.
“Esas personas que podían creer en sus promesas. Que no se reían con sequedad en la oscuridad, mientras que él jugaba con sus hijas. Muchas más tontas que tú, pero que lo dejaban enseñarle cosas o repetían sus palabras bajo un filtro idiota. Esas que le arrojaban a los pies de zapatos lustrosos esos hermosos dibujos de su persona, todos menos detallados y con solo una décima del esfuerzo que tú ponías en sus retratos, los que escondías en mi escritorio y le prometías darle, la próxima vez que viniera a verte.
“A él tú le gustabas como -ya te dije- los perros. Repetías los poemas que más te gustaban y algunos a él le gustaron también cuando era un niño o los más modernos, los leía a la par de ti. Y entonces se emocionaba desde su pedestal y te subía con él. Su caricias se tornaban más efusivas: Esta niña es como yo, ¡qué orgullo! Y tú te apretabas contra él, enterrabas la nariz contra las mangas de su camisa y callabas, en el momento en que las otras niñas lo pedían de padre o lo invitaban a quedarse para siempre en sus casas.
“Yo los miraba desde la oscuridad. Yo bebía. Fumaba. Inhalaba. Me inyectaba. O simplemente me limpiaba las lágrimas, que caían con rebeldía de mis ojos, mientras ustedes me ignoraban. Él porque estaba harto de mí. Tú porque me tenías miedo, aunque no lo dijeras. Le enseñaste las heridas que yo te hacía cuando me cansaba de tus lloriqueos. Le insinuaste con pobre sutileza lo que yo le dije con mi silencio sardónico y mis medias sonrisas, ebria o narcotizada.
“Acerca de cómo yo te tumbaba en el piso, te arrancaba esos trapos y mordía tus tetas de perrita sin rabia hasta que la garganta te quedaba pelada de tantos gritos fallidos y la sangre te cubría el pecho, del mismo modo en que sucedía con una de mis manos, ni bien las apartaba de tus labios plagados de dientes de leche, que de vez en cuando se tumbaron en el forcejeo.
“Y lo conmoviste al principio. Creo que se fue de aquí insultándome de arriba abajo, queriendo llevarte con él, jurando que no te abandonaría. Y te llenó de besos insulsos, de frases de príncipe encantador al rescate. Lloró sobre ti. Imaginó a sus padres austeros tocándolo del mismo modo y se le rompió el corazón, con todo su amor propio. Su ímpetu disminuyó con los días, las palabras duras que intercambiamos (le dije lo que era, lo que realmente quería de nosotras dos, lo que he sido y serás, lo que eres en suma, lo que soy de nuevo, ahora) y las bofetadas. Vi el miedo en sus ojos, me mofé de él con los míos. Dije que esperaría a que te robara de mi. Que incluso prepararía tu equipaje, pero que querría escuchar la excusa que daría a su familia y criados cuando llegara a su pequeño palacio con una niña desconocida que no era nada suyo y que no se sentiría cómodo colocando de criada. Se puso todo rojo y me maldijo en voz baja. Ya estaba muy cansado. Lo lamentaba por ti. Hondamente. Pero nos dejó solas. La abeja reina con su niña, ¿no es así como debe ser?
“Pero lo esperaste, ¿no es verdad? Por eso los dibujos, que empezaste a colgar en tu habitación, en el cuarto de huéspedes que ocupaba fugazmente, alrededor de mi cama matrimonial (desististe rápida e inteligentemente: era una pérdida de tiempo porque jamás entró ahí, pese a mis insistencias, propias del hambre) , cada vez más numerosos y violentos, carnívoros, en los que aparecían tus clientes, tus amigos imaginarios, los niños que veías con añoranza jugando al otro lado de la calle, jamás mirándote ni llamándote para acompañarlos, porque sabían lo que eras y no podían entenderlo, no querían, asintiendo en su superioridad, considerándote algo tan terriblemente bajo. Muerte y resurrección. Eso eran los dibujos a crayón rojo y negro, trazos fuertes que se volvían homogéneos por la presión y las lágrimas derramadas sobre ellos. Creíste que regresaría, amparado por las brillantes luces de los faroles, derramadas en su galera y que te alzaría en brazos, para alejarte permanentemente de mí. Que sus poemas acerca de la valentía y el amor incondicional eran ciertos. Por favor.
“Yo soy más real que él. Yo he sido sincera contigo: no puedo hacerme cargo de ti. Sobre todo porque no quiero. Me pone nerviosa la forma en que lloras, los gritos que largas cuando se meten dentro de ti, tras darme un par de dólares, los ruidos de los golpes que te dan, el desgarrón de tu piel entre sus dedos, la forma en la que rechina la cama, cómo se me acaba el vodka en seguida, que para besarte deba limpiarte y que todavía sienta en tu carne, el gusto del cliente, su lujuria mal satisfecha y tu enfermedad llenándote de sarpullidos y el nombre del idiota resonando entre tus labios, mientras que tus ojos me ignoran. Tienes los mismos ojos que yo, ¿te parece justo?
“Supongamos que él venga. Que se aburra de sus partidos de cartas, de sus cuentitos insípidos, de sus amistades insulsas y plásticas. Supongamos que viene a ver si he tomado sus amenazas como motivos de cambiar nuestro estilo de vida o si debe arriesgarse a que mueras corroída por la pena, lejos de mí, como has dicho que pasaría, aunque me odies y te dé miedo. Supongamos que te encuentra con las piernas abiertas y sangrando del pecho, el pelo cubriéndote la cara que está contorsionada por el placer de la cesación de toda clase de dolor. Supongamos que se cubre la boca con un pañuelo para no vomitar y los ojos para no llorar, que se sienta un momento, respirando agitado, que se agarra los cabellos porque se siente un poco culpable, que me echa toda la culpa por liberarte y que me denuncia a las autoridades o escribe un estúpido poema, hablando sobre mi crueldad desmedida, tan sobreexplotada como temática, incluso antes de que me conociera. Supongamos que llora, que te llena ese cuerpo ya putrefacto, en el que reptan los pequeños gusanos, de besos y caricias semi castas o que por fin se permite deslizar las manos entre tus piernas, como solo seguramente ha soñado cuando piensa que nadie lo ve dormir.
“¿Entonces qué? Nada. Quedarte aquí, bajo el polvo luminoso de la calle, mirándolo alejarse como tantas veces. Hasta desaparecer, como bien podrías hacer ahora, ahorrando tiempo y energía a todos.