feel the best thing that I could do
is end it all and leave forever.
Come sweet death-Arianne.
El hombre demolido-Alfred Bester.
Hay puertas, muchas puertas, pasillos interminables como los hay sueños irrecordables o inenarrables. Las hay cerradas con llave, otras trabadas que se abren cuando empujas, otras abiertas o entreabiertas, como esperando por ti, para enseñarte que son lo bastante puras en la oscuridad como para sobrevivir la luz del sol, del mismo modo en que otras son labios que albergan mil dientes y tienen ganas de hincarlos todos en tu garganta. Pero tú buscas de cualquier modo, con la vela en las manos, que milagrosamente no tiemblan, porque has alcanzado un gran grado de decisión.
En realidad quieres volver con él. Sientes sus manos que te acarician en alguna parte y suspiras de placer. Pero "eso", sea lo que sea, te está llamando, aunque quizás no lo sepa y tengas la impresión de que te quiere meramente como medio para llegar a otra cosa mucho más importante. "Eso", que agoniza detrás de una puerta cerrada. "Eso", porque no puedes pensarlo persona, ni siquiera animal y no crees en ángeles o demonios que no sean de humo para exhibir a ingenuos e ilustrar historias acartonadas. "Eso" que araña la puerta y pide que lo rescates. De alguna manera lo entiendes, le das la razón y le pides que aguante, porque tienes la impresión de que si "eso" se muere o se destruye hasta no ser más que polvo, la vela que llevas en la mano se consumirá por fin. Y todo lo que has logrado cuando estabas despierta, significará nada. Hasta estás convencida de que si abres los ojos al otro lado de tu historia, no vas a encontrarlo a él, cuidándote. Del mismo modo en que te aterraría volver a ese mundo lleno de luz que te pertenece solamente a medias y saber que "eso" ha muerto en un lado recóndito, que jamás vas a encontrar, porque ya no puedes seguir el camino que trazan sus débiles gemidos, sus arañazos y sollozos, cada vez más débiles. Entonces "eso" se pudrirá dentro de las habitaciones y empezará a oler tan mal, que él se alejará de ti. Entonces empezarás a buscar "aquello" de nuevo, guiándote por el olor, hasta donde lo soportes sin desmayarte y despertar. Supongamos que lo encuentras, ¿entonces qué? Alfileres y agujas. Entonces habría que envolverlo en un lienzo, como el que usas para cubrirte en la caminata. Y tirarlo en un pozo o por la ventana que da al acantilado. Dejarlo en las terrazas, que lo coman los cuervos. Sería más problemático. Y lo perderías a él, estás segura. ¿Cuál es la otra opción, ahora que ya no necesitas "eso"?
El puñal en el cinto. Y lo mismo, pero en seco y tan rápido que no se sienta ni se escuche, tan rápido que se olvide cuando abras los ojos para abrazarlo a él, que tanto se lo merece por cuidarte mientras duermes.

Te llevaron a la rastra. El aroma pesado del banquete de primavera flotaba aún en el aire y se percibía desde el aliento del carcelero, aunque perdiste la consciencia dos o tres veces en el camino. Te golpeaste la cabeza. No hablabas el idioma. No te interesaba aprender y no habría tiempo en el confín. Sola. Bueno, los esqueletos te sonreían con cinismo desde las cadenas.
Pero tú pensabas en él. El joven caballero, su armadura y espada, su rostro contorsionado de sorpresa y terror al contemplarte como prisionera. La bruja de su tierra, atrapada con las manos en la masa, perdón, sobre un infante a punto de ser sacrificado. O eso dijeron.
***
Ella canta. Es la que canta y no otra. Porque es en un idioma que nadie conoce y cuya estirpe te causa tanta vergüenza, que no admites entenderlo. Ella canta para ti. No hay otros que puedan escuchar su pedido de auxilio tan poético que raya el patetismo. Tanta elaboración debe tener un fin. Llamar la atención por el lazo de la patria destruida, pedirte una última muestra de lealtad fuera de lugar. Soltarla y huir con ella o hacerte el desentendido. Si, seguro. Tu cabeza en una pica antes del atardecer en la mañana que la descubran. El vino aguado le ha hecho daño si cree que lo harás. Pero ella canta y la escuchas en sueños, que pronto se vuelven pesadillas. Ella canta y canta sin duda alguna para ti. Ella canta y deberías acudir, pero te aferras a tu cargo de funcionario público, al oro que te han pagado, a la bella esposa que tienes y finges no escuchar hasta que caes en tu propia mentira y por un rato no las escuchas, hasta que el valle donde se erige el castillo se llena de silencio y allí viene de nuevo, igual de triste y prisionera, tan sola, tan sola. Y así, sola, cantando únicamente para ti.
You don’t know why she is always alone,
Or why her love tastes so bitter,
or why she seems not needs you at all.
She just keeps walking,
tough she sometimes looks
like she can’t even stand by herself.
She confessed it when she was wrong
But you didn’t tell her that you forgave her.
She is reaching for her own light
And you can’t guarantee anything.
Everyone will miss her
Once she is not here anymore.
But she looks so good when she is walking by,
all alone,
so strong and independent.
Her lie sounds beautiful,
Her kiss is sweeter,
Her cries is delight,
Her death is rebirth.
She is all by herself and you envy her,
Even when you would never agree to
Switch places with her.
-Te convendría irte de aquí. Bueno, yo que tú, eso haría.
Te agachas para estar más cerca de ella. No te atreves a hacer tanto como volver a tocarla, pero quieres sentir que estás a su altura en tantos aspectos como es posible. Lo estás, lo estás. Parece que te está ignorando. A penas –hay que prestarle muchísima atención y no tener nada mejor que hacer de momento- pareciera que ha empezado a tararear un poco más fuerte.
-¿Crees que él regresará por ti? ¿Qué entrará por esa puerta como hacía ocasionalmente, cargado de regalos que ninguna de las dos realmente necesitaba, dándome una mirada desconfiada de soslayo, para después alzarte en brazos e ir a la cocina a prepararte una cena caliente? ¿Qué aunque no hablará de sentimientos profundos por ti, sabrás que existen porque te preguntará qué has hecho todo este tiempo, pasará sus ojos por encima de tu piel llena de heridas a medio cicatrizar sobresaliendo de tus vestidos rotos y de mal gusto (nunca me agradó coser) que te han regalado nuestros clientes? Él es un niño, deberías saberlo bien.
“Sin embargo, no es mentira que siguió viniendo por ti. Aunque al principio le gustara yo, me descubrió amargada e hipócrita, me llamó de mil maneras que a su alta alcurnia le parecían insultos (yo me reí mucho de su ingenuidad), a veces con los ojos, otras con la voz trémula, temeroso de que tú lo oyeras. Le gustabas como le gustaban sus perros o las otras niñas de las muchas casas que frecuentaba. Esperaba que brincaras en sus rodillas, aunque era demasiado tímido para hacer más que agarrarte fuerte de la cintura y hundir la cara en tu cabello. Y tú le tenías miedo. Miedo de su nombre, de que se olvidara de venir por nosotros, de esas otras familias que pudiera tener, de la gente que al pasear por las calles de la ciudad, parecía conocerte y te miraban con una perfidia que no creías merecer.
“Él es un niño y no puede cuidar de nadie, ni siquiera de sí mismo. A penas y le es posible dar caricias a las niñas más bonitas que tú y prometerles el mundo, si se portan como es debido, mientras que sus madres se le lanzan en los brazos galantes, escondidos en su traje de buen corte. Él es un niño y en ese amor pasajero, encuentra un bálsamo para el rechazo de una sociedad que le prometió tanto como él suele prometerles a los niños y a las tontas, pero que no le dio nada, por mucho que se esforzó antes de rendirse. Tampoco podía darte nada, tampoco les dio nada a las otras niñas lindas. Esas que eran de mejores casas que la nuestra. Esas que tenían madres bien ataviadas, que no parecían hombres malvados venidos a menos. Como yo.
“Esas personas que podían creer en sus promesas. Que no se reían con sequedad en la oscuridad, mientras que él jugaba con sus hijas. Muchas más tontas que tú, pero que lo dejaban enseñarle cosas o repetían sus palabras bajo un filtro idiota. Esas que le arrojaban a los pies de zapatos lustrosos esos hermosos dibujos de su persona, todos menos detallados y con solo una décima del esfuerzo que tú ponías en sus retratos, los que escondías en mi escritorio y le prometías darle, la próxima vez que viniera a verte.
“A él tú le gustabas como -ya te dije- los perros. Repetías los poemas que más te gustaban y algunos a él le gustaron también cuando era un niño o los más modernos, los leía a la par de ti. Y entonces se emocionaba desde su pedestal y te subía con él. Su caricias se tornaban más efusivas: Esta niña es como yo, ¡qué orgullo! Y tú te apretabas contra él, enterrabas la nariz contra las mangas de su camisa y callabas, en el momento en que las otras niñas lo pedían de padre o lo invitaban a quedarse para siempre en sus casas.
“Yo los miraba desde la oscuridad. Yo bebía. Fumaba. Inhalaba. Me inyectaba. O simplemente me limpiaba las lágrimas, que caían con rebeldía de mis ojos, mientras ustedes me ignoraban. Él porque estaba harto de mí. Tú porque me tenías miedo, aunque no lo dijeras. Le enseñaste las heridas que yo te hacía cuando me cansaba de tus lloriqueos. Le insinuaste con pobre sutileza lo que yo le dije con mi silencio sardónico y mis medias sonrisas, ebria o narcotizada.
“Acerca de cómo yo te tumbaba en el piso, te arrancaba esos trapos y mordía tus tetas de perrita sin rabia hasta que la garganta te quedaba pelada de tantos gritos fallidos y la sangre te cubría el pecho, del mismo modo en que sucedía con una de mis manos, ni bien las apartaba de tus labios plagados de dientes de leche, que de vez en cuando se tumbaron en el forcejeo.
“Y lo conmoviste al principio. Creo que se fue de aquí insultándome de arriba abajo, queriendo llevarte con él, jurando que no te abandonaría. Y te llenó de besos insulsos, de frases de príncipe encantador al rescate. Lloró sobre ti. Imaginó a sus padres austeros tocándolo del mismo modo y se le rompió el corazón, con todo su amor propio. Su ímpetu disminuyó con los días, las palabras duras que intercambiamos (le dije lo que era, lo que realmente quería de nosotras dos, lo que he sido y serás, lo que eres en suma, lo que soy de nuevo, ahora) y las bofetadas. Vi el miedo en sus ojos, me mofé de él con los míos. Dije que esperaría a que te robara de mi. Que incluso prepararía tu equipaje, pero que querría escuchar la excusa que daría a su familia y criados cuando llegara a su pequeño palacio con una niña desconocida que no era nada suyo y que no se sentiría cómodo colocando de criada. Se puso todo rojo y me maldijo en voz baja. Ya estaba muy cansado. Lo lamentaba por ti. Hondamente. Pero nos dejó solas. La abeja reina con su niña, ¿no es así como debe ser?
“Pero lo esperaste, ¿no es verdad? Por eso los dibujos, que empezaste a colgar en tu habitación, en el cuarto de huéspedes que ocupaba fugazmente, alrededor de mi cama matrimonial (desististe rápida e inteligentemente: era una pérdida de tiempo porque jamás entró ahí, pese a mis insistencias, propias del hambre) , cada vez más numerosos y violentos, carnívoros, en los que aparecían tus clientes, tus amigos imaginarios, los niños que veías con añoranza jugando al otro lado de la calle, jamás mirándote ni llamándote para acompañarlos, porque sabían lo que eras y no podían entenderlo, no querían, asintiendo en su superioridad, considerándote algo tan terriblemente bajo. Muerte y resurrección. Eso eran los dibujos a crayón rojo y negro, trazos fuertes que se volvían homogéneos por la presión y las lágrimas derramadas sobre ellos. Creíste que regresaría, amparado por las brillantes luces de los faroles, derramadas en su galera y que te alzaría en brazos, para alejarte permanentemente de mí. Que sus poemas acerca de la valentía y el amor incondicional eran ciertos. Por favor.
“Yo soy más real que él. Yo he sido sincera contigo: no puedo hacerme cargo de ti. Sobre todo porque no quiero. Me pone nerviosa la forma en que lloras, los gritos que largas cuando se meten dentro de ti, tras darme un par de dólares, los ruidos de los golpes que te dan, el desgarrón de tu piel entre sus dedos, la forma en la que rechina la cama, cómo se me acaba el vodka en seguida, que para besarte deba limpiarte y que todavía sienta en tu carne, el gusto del cliente, su lujuria mal satisfecha y tu enfermedad llenándote de sarpullidos y el nombre del idiota resonando entre tus labios, mientras que tus ojos me ignoran. Tienes los mismos ojos que yo, ¿te parece justo?
“Supongamos que él venga. Que se aburra de sus partidos de cartas, de sus cuentitos insípidos, de sus amistades insulsas y plásticas. Supongamos que viene a ver si he tomado sus amenazas como motivos de cambiar nuestro estilo de vida o si debe arriesgarse a que mueras corroída por la pena, lejos de mí, como has dicho que pasaría, aunque me odies y te dé miedo. Supongamos que te encuentra con las piernas abiertas y sangrando del pecho, el pelo cubriéndote la cara que está contorsionada por el placer de la cesación de toda clase de dolor. Supongamos que se cubre la boca con un pañuelo para no vomitar y los ojos para no llorar, que se sienta un momento, respirando agitado, que se agarra los cabellos porque se siente un poco culpable, que me echa toda la culpa por liberarte y que me denuncia a las autoridades o escribe un estúpido poema, hablando sobre mi crueldad desmedida, tan sobreexplotada como temática, incluso antes de que me conociera. Supongamos que llora, que te llena ese cuerpo ya putrefacto, en el que reptan los pequeños gusanos, de besos y caricias semi castas o que por fin se permite deslizar las manos entre tus piernas, como solo seguramente ha soñado cuando piensa que nadie lo ve dormir.
“¿Entonces qué? Nada. Quedarte aquí, bajo el polvo luminoso de la calle, mirándolo alejarse como tantas veces. Hasta desaparecer, como bien podrías hacer ahora, ahorrando tiempo y energía a todos.
Anoche soñé que Stephen era un verdadero cachorro de león, que me seguía como una mascota. Y tenía que cuidarlo. Íbamos a una tienda de mascotas o algo parecido, mi hermano (parecía más joven) nos acompañaba. Allí había otros pequeños leones y pequeños perros. Incluso Stephen era tan diminuto que cavia entre mis brazos y me costaba cargarlo. Al menos, a mí me parecía tan pequeño en proporciones. Me cansaba mucho alzarlo de esa forma. Al final, lo dejé que jugara con sus semejantes y me fui a encargar una bolsa, que debía ser enorme. No la tenían en el lugar correspondiente, donde quedaron en hacerme una cuando les di las medidas, solo para darme cuenta de que yo estaba desnuda y luego tuve que esconderme en una maderera. La dueña escuchó mis problemas y se ofreció a hacerme una nueva bolsa, pero de madera y a darme algo de su ropa, puesto que tenía alumnas parecidas a mí y le daba mucha pena. No sabía bien con cuál de las dos bolsas me quedaría cuando estuvieran terminadas (y ahora mismo no recuerdo ni qué quería meter ahí), pero estaba segura de que la de madera era poco práctica, aunque no lo dije para no herir los sentimientos de la amable mujer, que además era algo...seria y espeluznante. Entonces regresé al local, en el que encontré a Stephen muerto, con el cuerpo destrozado y cubierto de sangre. Los otros leones retozaban alrededor de ella. Aparentemente intentaron jugar con él pero acabaron matándolo. Lloré mucho y estrangulé a varios de los supuestos perpetradores hasta que me echaron. Lo peor fue que por mucho que apretara sus cuellos y los arrojara, presumiblemente sin vida al piso, ellos luego se restituían y volvían a jugar, tranquilamente.
En ellos ibas al cementerio, buscabas una tumba que estaba como llamándote, dejabas flores en la piedra libre de cualquier presente, plantabas un beso entre las fechas de la defunción y comentabas cuánto extrañabas a la muerta, que de alguna forma parecía sonreírte desde debajo de la tierra. Acariciabas la maleza hija de su cuerpo y le comentabas que tus notas en general marchaban bien, que no te quitaron la beca después de todo, que estar vivo de nuevo no era tan malo y que lo hiciera de vuelta si se le presentaba la oportunidad, porque ahora había cosas shinys que antes no se encontraban por ningún lado, que la internet te la enseñan a usar desde pequeño y que todo el mundo puede divertirse con eso, que ya no hay pestes y que incluso existe una cura para el sífilis, además de hospitales públicos y que seguro que esta vez, si volvían a verse, su matrimonio duraba mucho más. Te comieron tanto la cabeza esas imágenes, sobre todo por la sensación de seguridad que te embargaba en ellas, que decidiste marchar al dichoso cementerio, buscar la dichosa tumba, acariciar la dichosa maleza, prender las dichosas velitas, rezar como si no hubiera pasado una bocha de tiempo desde la última vez, con la túnica de monaguillo y el Padre pederasta que te sonreía mucho (nunca más…) porque esperaba que te quedaras hasta después de la misa a ayudarle a preparar el próximo servicio (nunca más…). Hiciste lo del sueño. No fue tan espectacular. Al principio te tropezaste y fuiste de bruces: ella estaba enojada porque la hiciste esperar. Sin embargo, al final estuvo feliz y te parece, hasta el día de hoy, colgando el título de licenciado encima del escritorio, que algo debe haber tenido que ver con tu racha de dieces una vez que tomaste la costumbre de hacer lo mismo de cuando en cuando.
-Podría presentarte un par de chicas, si querés coger con ellas. Pero no podés hacer otra cosa y no lo digo por celos. Son estúpidas. Hay que darles, ¿entendés? Si les sacudís la cabeza, sale polvo de adentro de sus orejas y se escapan las polillas, que anduvieron alimentándose de libritos de Corín Tellado. Ya sé que te enoja que hable así, pero es la verdad. Además de que son fáciles. Prácticamente como putas.
Bell es terrible como misógena. Lee a Bukowski y se siente más identificada antes de caer en la repugnancia (a mí me pasan las dos cosas, quizás porque encuentro el realismo sucio muy gracioso). Tras leer juntas La máquina de follar en su ordenador, dijo: Debe doler ser un chico, yo no sé cómo lo soportan. Tener las pelotas colgando, ser un blanco tan fácil de la histeria de las minas. A ella le encanta tomarles el pelo a las mujeres. Me lo ha hecho a mí un par de veces. Se burla sin consciencia alguna, pero también sé que lo hace porque se siente mal y molestar levemente es la única forma de escapar a su propio sufrimiento crónico.
Una vez caminábamos juntas por una de las plazas de la ciudad, cercana a la Universidad. Encontramos a unas chicas que cursan conmigo a veces. Estaban almorzando sentadas en unos bancos anchos de piedra y lo primero que ella dijo fue: ¡Qué ovarios tienen ustedes para acomodarse ahí! Yo no podría. Me da miedo que haya quedado esperma de los chicos que vienen acá a divertirse los sábados. Porque los espermatozoides se te suben en las piernas y se meten por tu vagina. No les importa cuánto tiempo pase, si te pueden fecundar.
Las dos se quedaron mirándonos con la misma expresión pasmada y horrorizada. Eran lindas con esas caras que pintaban pronto a sus dueñas levantándose con asco y terror, arrojando los sándwiches al suelo, con tal de correr pronto a la clínica abortiva ilegal más cercana. Yo les expliqué que Bell bromeaba y se enojaron antes de suspirar aliviadas y retomar la charla superficial.
Sabías en dónde era, a veces pasabas por allí, mirabas de lejos el edificio de paredes quebrajadas y pintura de mal gusto que se caía abajo. La humedad pintaba caras, desfiguradas por las grietas y las parejas que hacían el amor entre las sombras de los callejones. Te sentías demasiado dama para responder sus cartas, que te parecían desesperadas y ridículas. No le prestaste atención antes, las volviste un bollo (no fue difícil, no eran muchas, le interesabas poco o eso te dijiste, como excusándote, enojada contigo misma, porque no había necesidad o así lo mandaba la lógica maldita que te roía los huesos ante toda acción), las escondiste en un rincón de cualquier cajón sobrepoblado de inspiración abortada y te olvidaste de ellas. O fingiste olvidarte hasta que te lo creíste y cuando fuiste a buscarlas, presa del insomnio, rogaste que no estuvieran ahí. Estaban. Ya no parecían tan terribles, pero para entonces ustedes dos eran enemigos o casi y no ibas a responderlas, además de que hubiera quedado muy mal que le respondieras una carta que te garabateó (de poseur que era, no más, celoso de tus amistades con las que sí compartías ese vínculo de sincera empatía) hacía más de un año.
La mayoría de las cosas que no te entraban por los ojos cuando te ponías un velo y salías a caminar casualmente por su residencia, te las contaban los demás, esos que eran tus amigos (bueno, te gustaba pensar eso, a pesar de que casi siempre eras tú la que les invitabas los tragos y les dedicabas los bocetos) y para qué, porque no conseguías más que enredarte. Que estaba enamorado. Que salía con putas, algunas alarmantemente jóvenes, otras tan grandes que pudieron oficiarle de abuelas o bisabuelas. Que le daba al opio sin parar. Que por eso pintaba tan bien últimamente, que su estilo era único y espectacular, aunque no conseguía dónde exponer y vendía una obra cada vez que cambiaban al Papa. Otros afirmaban que hacía puros garabatos, que nunca tuvo oh, talento pero que ahora era de lleno un mediocre con experiencia, que pintaba para salir del caos interno, pero que su caos interno a los demás no les servía de nada, porque no tenía técnica y a veces ni sabía lo que quería decir con sus putas desnudas, bañadas en sangre y en poses impúdicas, a penas coloreadas por compromiso o acaso lo sabía y se lo guardaba para joder, lo que era mucho peor, así que los que no lo envidiaban, lo tildaban de imbécil, pedían otro trago y cambiaban el tema. Nunca fue grato conversar con él, hablaba consigo mismo o con gente que a penas y pisaba de vez en cuando esos cafés y bares oscuros, así que en cierto modo te alegraste de que no se acercara más por esa clase de lugares o que al menos no frecuentara los mismos que tú.
Una vez, una vez en la que estabas leyendo algunos poemas (eras multifacética, a diferencia de él, pero tampoco te decidías a hacer nada, mejor un poco de todo y al mismo tiempo nada, qué más da, si los diletantes que frecuentabas te aplaudían igual y mientras lo hicieran y se inventaran motivos para hacerlo, todo bien) en voz alta, sentada sobre una de las mesas mugrientas, te pareció que el que levantaba la cabeza de entre los brazos rendidos en la oscuridad, era él. La cara chupada como la de una calavera y un traje de un color estrafalario que le quedaba espantoso, tan propio de él no saber vestirse, disponiendo de una suma parecida a la tuya para hacerlo, la típica que arrojan los parientes que se sienten responsables del bohemio idiota que se ha descarriado. Procuraste no mirarlo más que a los demás, no fue difícil porque tenías algunos de tus amigos dando vueltas y pudiste entrar en las bromas privadas, tanto mejor si se sentía un poco celoso como antaño. Por algún motivo. Hasta leíste uno de los poemas que más o menos te hacían acordar a él, a su impotencia sexual cuando no se acostaba con putas, a tu timidez casi virginal, a su torpeza al tocarte, a tu reticencia porque no era tu marido (el que se casó contigo casi sin preguntarte, con grandes ceremonias que te halagaron pero también hicieron que te sintieras incómoda, como si fueran ofrendas para una que no eras tú, definitivamente o que tal vez fuiste, pero luchabas con ella para ser más fuerte y no necesitar al hombre más que para reprimir los ataques de llanto histérico que te daban a veces y se calmaban solo con esas caricias que odiabas necesitar) y tampoco el amigo de la infancia que tanto morbo te despertaba.
Te pareció que no te escuchó bien, porque tomó la botella que estaba bebiendo y se precipitó hacia la puerta, sin mirarte. A lo mejor también cambiaste, aunque te sintieras más o menos igual y tuvieras el apellido de siempre, el rostro debajo de la luz, ninguna mujer de la calle a tu alrededor. Te lo imaginaste tirado en la acera cuando salieras, dos horas más tarde. Entonces hablarían y se disculparían, como había pasado un par de veces antes. Te gustaba hacer el amor con él, que te contara su pasado (aunque supieras que la mitad era un verso mal escrito en su lengua de charlatán, lo poco que tanteabas como verdad, te preocupaba, despertaba la ternura dentro de ti y tus amigos decían que él se alimentaba de eso, de dar lástima), que te diera todos los signos de estar enamorado, sin poner las cartas en la mesa (demasiado tímida eras para hacerlo tú y tampoco querías dañarlo, después de aquella vez en que tu marido casi lo mata a golpes por maltratarte de boca) y que dijera que siempre estaría para ti. Pero también sabías de los otros, de tu hermana menor a la que miraba bailar en el escenario con lágrimas de pedófilo redimido en los ojos (y ella le pedía que volviera, cada vez que sus manos se estrechaban, quedaban largo rato juntas, de manera muy sospechosa, aunque era el trato que la niña le daba a muchos), de tu otro amigo de la infancia, que siempre parecía a punto de matarlo y cómo se enrarecía el ambiente cuando el tonto entraba en él y tenían que compartirlo.
Cuando te enteraste de que su cuarto estaba vacío, corriste a verlo con tus propios ojos. Dijiste ser una amante y te dejaron pasar aunque no hubiera nada ahí, solo papeles en el suelo y las maldiciones del encargado de limpiar. No lloraste. Te molestó, naturalmente. Te preguntaste si lo volverías a ver, si se habría tirado a un río o eras tú la única que tenía esa clase de fantasías. A partir de ahí, te la pasas mirando por la calle y en las tertulias, buscando un rostro chupado de la vida, taciturno y con cara de gustarle mucho ejercitar la entrepierna en equipo, sin distinción de género. Es inútil, porque si no se mató, se curó, pero hasta que te olvides de que él existe y pasó por tu vida dejando una estela de mierda, mejor tener esperanza.
Sophia: *está parada entre unos militantes de facciones contrarias, que se gritan e insultan, en posesión de banderas pintadas a mano*
Sannaz: *baja los peldaños de piedra, esquivando a los camaradas, riéndose*
Sophia y Sannaz: *intercambian miradas*
Sannaz: Buenas noches, comunista.
Sophia: Hola a vos también. ¿Cómo estás?
Sannaz: No entiendo qué les pasa. *señala a los militantes* Si todos hacen más o menos lo mismo (organizar bailes, talleres e ir a enseñar en las villas, además de quermeses y remeras),¿por qué no se juntan de una vez por todas y se dejan de pelear?
Sophia: Tenemos ideales diferentes a los de ellos, los que se fueron recién, que son del *inserta aquí, facción militante poco importante*. No quieren cambios de verdad.
Sannaz: De última no sé si importa TANTO lo que quieren, si al final hacen lo mismo. *Pone los ojos en blanco*
Sophia:¿A dónde vas?
Sannaz: A comprarme una navaja. La que tenía se rompió. Y no cumplí mi sueño de enterrártela en el corazón.
Sophia: Algunas de mis amigas dicen que las mirás a ellas como si quisieras matarlas de esa forma. Que el día menos pensado lo vas a hacer. Te tienen miedo…
Sannaz: *se ríe más, todavía* ¿Con esta navaja que está en las últimas lo voy a hacer? *muestra los trozos de su cuchillo, guardados en un pañuelo de tela* En todo caso, te mataría a vos. Que tenés la culpa por no hacerme espacio.
Sophia: No me molesta que hablemos. Y a ellas les caés bien, aunque no les gusta mucho el tono con el que decís algunas cosas.
Sannaz: Pero me da la impresión de que sobro. Empiezan a hablar sobre lo que van a hacer la próxima vez que se junten, sobre lo que hicieron la última o sobre gente que no conozco y si hago preguntas, me miran como si solo tuviera derecho de cerrar la boca y esperar como esperan los chicos a que las madres terminen de cuchichear con las vecinas. ¿Te parece lógico que me quede?
Sophia: Es tu opinión. Yo no lo veo así, pero a lo mejor lo hacemos sin darnos cuenta. *observa el cuchillo desmantelado* Tengo una navaja en desuso, si querés puedo dártela.
Sannaz: Paso de aceptar promesas de vos, pero gracias. Además, si algún día decidiera matarte a puñaladas, me sentiría muy culpable de usar –encima de todo-un regalo tuyo para hacerlo.
Tenía la cara roja y los ojos hinchados de tanto llorar. Se agitaba, respiraba muy difícil. La reprobaron en una materia. Según ella es porque la profesora que la imparte es fanática del Centro de Estudiantes, de ahí que solo los miembros de este aprobaran. Le pregunté cómo se entra a esa clase de agrupaciones.
Bell: Oh, bueno, primero empezás repartiendo volantes. Pero no te veo haciendo eso, así como estás, por lo menos. Si querés, te estirpo el lóbulo frontal del cerebro para que encajes con la clase de gente que hace esos trabajos. ¡Hasta vas a poder garcharte a tu amor platónico! Si supieras cómo te saltan encima las pendejas cuando estás metida en eso: les da igual si sos una nena o un nene, total ellas abren las patas, perdón, la mente. Ríos de flujo vaginal a tus pies.
Al menos reímos un rato.
No quiero hablarle a Sophia. Ella dice que ya no siente nada por mí. Me siento ridícula tratando de insinuarme y cayendo en el vacío. He olvidado. Además de entender la esencia fundamental de lo que llamamos “amor”: caliente al fuego, una vez que lo apagamos, derecho al olvido, si no eres muy cobarde para aceptarlo. Será mejor que busque otra obsesión, otro cariño que me consuma igual o peor, que igualmente me destroce, para que ese dolor cubra el otro, del mismo modo en que un aroma fuerte (a podredumbre) es cubierto por el desodorante ambiental, que como consecuencia solo deja la capa de Ozono estilo gruyere.
El problema son sus amigos, gente con la que me llevo bastante bien y que creen que la evito porque tengo algo en su contra, por lo que me evitan también. No saben ni en dónde están parados. No es la primera vez que me pasa.
Bell: No te asocies con necios. Es incluso peor que trabar amistad con alguien que en el fondo sabés que es tu enemigo. No pueden proporcionarte más que dolor y ni siquiera van a darse cuenta de que te lo entregan o encima se repetirán que hacen lo correcto por sí mismos y esos a los que les tiran la goma. Amistades así no valen la pena. Buda decía que había que buscar alguien sensato con quien hablar y que si no se encontraba, entonces mejor vivir solo.
El otro día estábamos en la terraza. Hizo ademán de tirarse, bromeando. Yo tengo vértigo y permanecía pegada a la pared. Me separé solo para sujetarla y apartarla del borde. La tonta se reía y yo me enojé, pero no tanto con ella como conmigo, porque me dí cuenta de que no lloraría al ver a Bell muerta, precisamente. Si me sintiera triste, sería porque notaría que me afecta más la idea de volver a estar sola que la de ella, haciéndose daño.
¿Qué siento por ella? Quiero que dure, lo que tenga que durar. No tiene forma de nada y sin embargo, a veces me descubro limpiando su cuarto, ordenando su cocina, ofreciéndome a prepararle algo para cenar y si pasamos mucho tiempo en donde yo vivo, las horas se desaparecen y siento vergüenza si recién salgo de la cama cuando ella toca el timbre. Horas, horas y horas. Quizás mi dilema es que no la elegí, que en cierto modo ella me secuestró para servirse de mi energía, que tanto le estaba faltando y que no encontraba cause para salir de mí. Para poseerme, debe matarme un poco y por eso encuentro dolor en ella, además de la violencia que guarda bajo su piel, que es como un mar en el que aguardan desde tiburones a barcos piratas con tesoros que nadie ha tocado, por miedo a la oscuridad. Eso es Bell y a veces tengo la impresión de que no va a terminarse enseguida, así que estoy contenta. Otras salgo a buscar una cosa que es muy diferente, algo que me despierte por completo, porque es distinto ser el fuego casero que calienta la sopa de una ama de casa y una hoguera que consume bosques enteros, ciudades y territorios hasta dejar cenizas detrás, íntegramente lo que era la vida. Soy ambiciosa. Charlotte dice que nunca me perdonará eso, pero que también le gusta, porque ella es igual.
En realidad yo tendría que estar ahí. En el fondo del mar, muerta.
...y era culpa de ella, así que te levantaste con los ardores del anhelo imposible lacerando entre tus piernas. No, no ibas a tocarte. ¡Qué vulgar te parecía! Sobre todo en su memoria. Como cuando eras niño: cerrar los ojos y pasar el dedo índice sobre el lomo de los libros de tu biblioteca. Encontrar el grimorio viejo. Tu abuelita orgullosa, mamá triste con sus ansiolíticos porque le saliste creyente en esas "pavadas" y abrir una página cualquiera en busca de una solución por sabio azar. Pronunciaste los poemas que servían de invocación con un tono lúgubre, en el fondo un tanto descreído. Hasta que ella se te esfumó del corazón y el bulto en tus pantalones, presente todavía, te llamó a ser saciado sin culpa alguna. Lo hiciste. Dormiste mejor esa noche y las siguientes. No volviste a pensar en ella. Hasta dejaste de ir a dejarle flores en la tumba, como si te hubiera querido mientras vivía.
The other night
I was dreaming
about you and me,
and somehow
I ran into
your own fantasy.
You were kissing me
hard and wet
thinking that
it would not mind
to someone like me
such thing for once.
But you are wrong
because now I know
your name and
why you are always
looking at me
with such bright eyes
in the dark.
At least now I know too
that it's not because
you hate me.
Bell: *escudriña los escaparates con desconfianza, alzando una ceja*¿Hay necesidad de parar?
Sannaz: *pega las manos y la nariz al vidrio, empañándolo con su respiración* No es como si fuéramos a llegar tarde a ningún lado. Y algunas cosas son lindas. Esas copas, por ejemplo. O esa caja de madera, forrada con terciopelo por dentro…
Bell: Yo las odio. Es lo que se compra una burguesa frustrada para que se parezca a lo que le muestran por Utilisíma. *pone cara de querer escupir al suelo y se cruza de brazos*
Sannaz:¿Así que vos mirabas Inu-tilísima también? *se ríe y aparta la boca del vidrio, ante la mirada reprobable de la vendedora*
Bell: Tengo que admitir que sí. *pone los ojos en blanco* ¿Te dan ganas de hacerte ama de casa?
Sannaz: Tengo una fantasía. Estoy ante una persona a la que quise mucho y que me lastimó (bueno, nos lastimamos mutuamente, en realidad). Ella está indefensa y mis uñas muy afiladas, así que se las entierro en el pecho. Le arranco el corazón y lo pongo en una copa de cristal o lo guardo en una cajita que tiene en la tapa una luna menguante que sonríe, ahora salpicada con ella. Su olor y su sabor me deleitan, ahora puedo lamerla y morderla a todas horas. Al final el corazón se hace polvo y yo mezclo mi propia sangre con él, haciendo una tinta con la que puedo escribir mejor que nunca.
Bell: Me suena a crimen pasional.
Sannaz: ¿Por qué? Se puede vivir sin corazón. En especial alguien como ella, que no lo necesita para nada. Si la conocieras, entenderías. Seguro que hasta me lo agradece, porque sin él tendrá menos ataques de histeria.
((Lo que no le dije es que a veces, la fantasía toma aire de pesadilla. Meto las manos en su pecho pero está vacío…))
A veces pienso que eres la única en todo el Universo que es capaz de darme amor como lo necesito de verdad. *acariciando el cabello de la muñequita, meciéndose, sentada en el suelo*
Muñequita:Mentira. ¡Puta! *trata de safarse*
Okay, pedazo de mierda, eso te costará un ojo. *agarra la tijera de costura que guarda en un cajón de su escritorio*
Are you wrong for loving me?
Are you wrong for what you feel?
I am just a wicked bitch.
...pensé que aunque hubieras rechazado mis súplicas ante tus súbditos (que era lo correcto, si no querías ser derrocado), vendrías por mí o mandarías a alguien a liberarme en tu nombre. A pesar de los azotes que rompieron mi piel, cuando todavía estaba rosada y la sangre corría dentro de ella. Valían más los besos que depositaste hacía no tanto tiempo. Soñaba que la falta de fuerza por los escasos alimentos sería poca cosa al tenerte por fin frente a mí. Yo te abrazaría, apretaría tu cuerpo contra el mío y te agradecería con lágrimas de emoción.
Ahora mi pelo está blanco y soy tan débil que solo podría abandonar esta oscura celda si tus vasallos me cargaran. Además de que si por obra de cualquier suerte, te tuviera frente a mí de nuevo, usaría mis incisivos para abrirte la garganta y retribuirme con tu sangre la juventud que me robaste.
There is two ways
to burier a lady.
The first is so dirty
that if your mother listen
to us when I tell you about it,
she could slap you in the face,
for being such a naughty girl.
The other way is just to
make she loves you
and then leave her
all alone.
If someday you are back,
You will find nothing but ashes of her.