1/9/10 08:54 pm - vendavalVendaval —Me soñé muy extraño. —¿Uhm? —Tom despegó la mirada de la revista de autos y la fijó Bill que estaba al otro lado de la cama contemplando sus uñas recién pintadas de azul—. ¿Qué soñaste? —¿Tú no sentiste nada? —dijo sin contestar la pregunta—. Desperté a media noche y luego no pude volver a dormir. Nathalie tuvo que cubrirme las ojeras con mucha base antes de la entrevista. Tom empezó a pasar repetitivamente la lengua por su piercing. No había sentido nada, la respuesta era obvia. Los días en los que se despertaban simultáneamente por una pesadilla compartida y buscaban consuelo en los brazos del otro, hacía mucho que habían sido dejados atrás. Así como otras cosas. —¿Qué soñaste? —repitió, cerrando la revista y enderezándose lo suficiente para poder tener una buena vista de todos los gestos de su hermano. —Contigo. —Bill retorció sus dedos y cerró los ojos por un instante, como si estuviera indeciso—. Tomi, no vale que te burles. Tom asintió, curioso. —Fue algo corto pero intenso —empezó a decir. Ante la mención de la palabra “intenso”, sin poderlo evitar, Tom sintió que su estómago se revolvió—. Primero me encontraba solo en mi habitación… —Bill guardó silencio de forma abrupta. —¿Bill? —Me refiero a la habitación que era mía en la casa de mamá —aclaró sonriendo con poco ánimo. Apenas habían pasado un par de semanas desde que mudaron sus cosas más personales de la casa de Simone a su propio departamento, y desde ahí, Bill había estado notablemente alicaído—. Como te digo, estaba solo, angustiado y con el corazón hecho un puño. El motivo es lo raro. »Porque, de un momento a otro, me senté en la cama libre de objetos y ropa, ¿imaginas?, estaba justo como mamá siempre me decía que debía tenerla. Entonces, estaba sentado y con la cabeza gacha, luego aspiré aires a grandes bocanadas, como si intentase aligerar la culpa y tranquilizarme por lo que vendría. »¿Qué culpa? De inmediato obtuve la respuesta. Apareciste tú de la nada y caminaste hacia mí hasta que estuviste lo suficientemente cerca para halarte de la camiseta y te susurré: “Dime que me quieres”. Me respondiste, pero con una voz hueca, lejanísima y sin emoción. Solté un sollozo, y me abracé a tu cintura, enterrando la cara en tu estómago. De nuevo, Bill se detuvo. Sus mejillas estaban coloreadas evitando por todos los medios devolver la mirada que tenía incrustrada en la frente. No sabía cómo continuar, del mismo modo que Tom no sabía qué decirle para alentarle. Solo minutos antes se encontraban idóneamente relajados, siquiera en apariencia; ahora todo el ambiente está pesado, porque Tom en qué terminó el sueño de Bill. Ambos lo sabían. Ya que los sentimientos son los mismos, a pesar del pasar de los años, de los muchos años, a pesar de las heridas curadas cuyas cicatrices no terminan de borrarse. Bill sigue siendo aquel chico de quince años que descubrió que estaba enamorado de su gemelo y nunca pudo superarlo, sin importar las discusiones y el dolor que le acarreó su confesión de amor y ser rechazado. Por ser incesto, por estar mal. Porque, en el fondo, considera que dos personas pueden quererse sin que interesen lazos sanguíneos ni nada. Pero Tom no. Moviéndose con lentitud, se incorporó lo suficiente para empezar a gatear hasta posicionarse detrás de su hermano, una pierna a cada lado, y obligándolo a que se apoyase en su pecho. Era una posición íntima que habituaban adoptar en los momentos en que más consuelo de parte del otro necesitaban. Pasó un largo rato antes de que Bill comenzara a hablar de nuevo, y cuando lo hizo, fue con un tono apagado, casi avergonzado. —Te pedí muchas veces que me dijeras que me querías. Muchas. Y tú seguías respondiéndome, con esa voz lejana, hiriente, hasta que separándome, me puse a tu altura y pregunté: “¿Lo dices en serio?”, y entonces fue que callaste. »Porque no eras más que una figurilla vacía y sin voluntad, a pesar de que desprendías un calor que me quemaba. Eras Tomi, y a la vez no lo eras. No eras humano, como yo, no sentías el mismo cariño pecaminoso que yo. Lloré por eso. Después me senté otra vez en la cama y te hice aproximarte, desabroché tu pantalón y… —Shh —le calló Tom, abrazándole, poniendo su rostro en el recoveco del cuello de su gemelo y dejando un beso ahí. Bill estaba lejos de querer llorar. Su sueño había removido la suciedad como un vendaval no deseado. Sin embargo, ahora se hallaba donde quería. Donde siempre quería estar, aunque los “te quiero” que podía brotar de Tom jamás le satisfacieran y más bien le sonaran ficticios. |