Título: Misunnelse
Claim: Bill/Bushido
Nro. de Palabras 729
Rating: R
Resumen: Los celos son una fuerza arrasadora, ¿no Bill?
Estrechó los ojos. No, Bill no solo parecía estar trastornado, lo estaba. “¿Qué piensas hacer, princesa?”, fue lo que pensó cuando intentó liberar sus manos y no pudo. Estaba atado a la cama, con unos nudos que nunca se le ocurrió que Bill pudiera hacer. (Solo un par de horas antes habían estado acurrucados, sumergidos en una somnolencia a la que Bushido terminó cediendo. El cambio era… interesante, quizá sería la palabra adecuada.)
Bushido vio como Bill se deshizo de sus pantalones y ropa interior. Las piernas las tenía libres, pero luchar contra la situación no entraba en sus planes. Tenía curiosidad. Una maldita y penetrante curiosidad. Cuando también sus miembros inferiores los tuvo inmovilizados, por fin Bill abrió la boca.
—Eres mío y a mí no me gustan que toquen mis cosas —afirmó en voz baja. Ese tonito de voz posesivo se le antojó sensual—. No me gusta que le sonrías a las personas, no me gusta que te abracen… —Mientras más hablaba Bill lucía más alterado. Bushido se limitó a contemplarle—. No me gusta, ¡no me gusta!
—Bill, qué…
—Eres de mi propiedad —interrumpió, posicionándose arrodillado en la cama, entre sus piernas—. Mío. Soy egoísta, sí, pero eso es lo que siento.
¿Interesante? Sí, pero había más, y no sabía si era excitante, o condenadamente escalofriante. Lo siguiente que dijo Bill le hizo entender que era una mezcla sobrecogedora de ambas opciones.
—Te vi con… con tu amiga esa. —Los ojos castaños de Bill estaban completamente oscuros mientras clavaba sin miramientos sus largas y bien cuidadas uñas en sus caderas—. Tus labios son míos… —pasó los dedos por los labios algo hinchados— no puedes ir besándote, ni manoseándote con una cualquiera. Esto —ahora pasó la mano por el sexo un poco erguido— también es mío.
Celos, aquello era lo que motivaba a Bill.
Bushido sabía que estar bajo la abrumadora y ciega fuerza de los celos, de creer que su territorio estaba siendo invadido, daba el impulso suficiente a cualquier para lo que fuera. (¿Él mismo cuántas veces no había humillado a algunas de sus mujeres abriéndole las piernas y haciéndolo con fuerza aniquiladora por un ataque de celos?)
Con el corazón acelerado y dando un tirón por instinto de las amarras, y decidiendo que estaba realmente atrapado, lo único que podía hacer era esperar a ver qué se venía.
—¿Y sabes qué también me pertenece? —La voz era un hilo estremecedor que se perdió—. Cada rincón de tu cuerpo… inclusive este —dijo mordiéndose un labio y tocando sucesivamente la entrada de Bushido con el pulgar.
Lo que vio a continuación le heló la sangre: un vibrador. Uno negro y especialmente grande en la parte de la cabeza. Eso en combinación con la sonrisa de Bill, dulce de una manera especial, cándida y turbadora, hizo que su respiración se volviera pesada, que la garganta se le secara y que en sus venas corriera frenéticamente algo que no se atrevió a designar como miedo.
—Ni lo pienses, princesa. A ti es a quien le gusta que…
—Sshh —silenció.
Bill se incorporó y se sacó todas las prendas que tenía, quedando desnudo. Su erección era obvia, además tenía las mejillas encendidas y en su pecho se notaban las pequeñas marcas rojas, evidencia irrefutable de la forma en la que habían hecho el amor horas antes. Bushido no pudo suprimir un gemido quedo, y mucho menos cuando Bill se puso de espaldas, sentándose en su estómago y dándole una maravillosa vista de su larga espalda y sus definidas nalgas.
—No puedes hacer nada —exclamó Bill, tajante, desde donde estaba—. Vas a aceptar todo lo que me venga en gana hacerte… y punto.
El consolador comenzó a emitir suaves vibraciones que acariciaron sus testículos por unos segundos haciendo que se estremeciera, y luego, lenta pero inexorablemente, se vio invadido… Todo se sentía húmedo (la pequeña zorra estaba usando lubricante, siquiera), doloroso. Enajenación en todas sus letras.
—Cabrón de mierda —gruñó. Su cuerpo ya no cedía más, y sus entrañas estaban en fuego, sin embargo, Bill seguía firme.
—Te lo mereces —fue el susurro en respuesta a la vez que se mecía, rozando de vez en cuando su sexo con el de Bushido—. Porque nadie más puede tocarte… —Los hilillos de sangre le hicieron detenerse, y sonreír. Eso estaba bien—. Mío…
-fin-