Soultaker

saving face

6/20/09 06:30 pm - saving face

Desmoronarse ~Tom/Bill
Resumen: Tom y Bill, Bill y Tom, siempre los dos, no importase que fuesen contra su padre, o que Tom se sintiese traicionado.

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Tom masticaba con lentitud, incómodo y celoso por las miradas descaradas que se dirigían el mozo que les atendía y Bill. Una vaga sensación de alarma le recorría de extremo a extremo cada vez que el chico se acercaba solícito con la excusa de ver si requerían de algo, como si no fuese suficientemente obvio que quería algo con su hermano.

—¿Algo más, señor? —preguntó un joven con facciones delicadas, ligeramente rasgadas, y con un acento que denotaba al instante que era extranjero y le hacía mucha práctica para hablar alemán decentemente.

—No —Jorg contestó cortante, casi maleducadamente. Él también se había dado cuenta del flirteo sin palabras entre su hijo y el muchacho que les sido asignado como camarero.

En un intento de evitar que se desencadenara el mal humor que su padre solía reservar especialmente para las cenas cada vez menos frecuentes con ellos, Tom pateó por debajo de la mesa la espinilla de Bill con fuerza e ignoró sus ojos interrogativos y el pequeño gemido de dolor.

—¿Cómo está su madre? —preguntó Jorg después de limpiarse la boca con una servilleta—. ¿Sigue con… con…?

—Gordon —interrumpió Bill, sin despegar los ojos de su plato y con brusquedad. Sabían que lo hacía a propósito, era imposible que después de siete años no conociera el nombre del esposo de su ex mujer—. Ella está bien.

—Hace poco hubo una exposición en la galería —añadió Tom—, y le fue más que genial.

—Oh, ya veo.

Nadie más dijo algo, cada quien concentrándose en lo que comía y en no hacer caso a la creciente tensión en la mesa. Sin embargo, al transcurrir los minutos y reanudarse las sonrisitas tímidas y vistazos de parte de Bill, Jorg resopló y dio una pequeña palmada en la mesa, iracundo.

—Por dios, compórtate —rugió, y sin un ápice de consideración por el mozo, compañero de coqueteo de su hijo que justo pasaba por su lado cargando una bandeja, agregó—: O siquiera hazme el favor de no elegir a un imbécil extranjero al que ni siquiera se le puede entender bien por su horrible pronunciación.

Jörg miró a su alrededor, como si quisiera cerciorarse de que su ofensa hubiese sido bien escuchada.

Con la cara prendida por la furia y la vergüenza, Bill se encogió en su asiento.

—Te estás excediendo —intervino Tom, serio—. Papá. —No se sentía a gusto con el coqueteo de Bill, pero frente a su padre, él siempre estaría del lado de su gemelo, sin trascender qué tan incómodo o furioso se sintiese.

—Solo me remito a decir la verdad. —Jorg también estaba molesto, se podía decir por cómo sus ojos buscaban salirse de sus órbitas y su frente estaba arrugada—. Me cuesta entender que mi hijo sea un chupapollas y que además sea un maldito chino el que pueda…

—Cállate —interrumpió Bill con la voz un poco chillona y los ojos acuosos; seguía encogido en su sitio—, quien me guste o deje de gustar a ti te debe importar una mierda.

—¿¡Cómo te…!? —Estaban haciendo una escena en un lugar público, pero a ninguno de los tres se percataba de eso sumergidos como estaban en la pelea.

—Bill tiene razón, no debe importarte. No has hecho el papel de papá desde mucho… No tienes el derecho de ponerte en esa actitud —el mayor de los gemelos hablaba sincera y directamente, sin trabas de por medio o sin bajar la cabeza, como si fuera algo ya sabido y únicamente se tomara la molestia de exponerlo.

—Hablaremos de esto después —Jorg los atravesaba con una creciente ira reflejada en cada uno de sus movimientos, sin embargo, ninguno de sus hijos parecía estar afectado, lo cual le enardecía más—. Ahora cállate.

—No hay un después. —Tom miró cómo su hermano luchaba por contener las lágrimas y suspiró, poniéndose en pie y agarrándole de la mano para que hiciese lo mismo, le dijo—: Vayamos a casa, Bill.

A medida que habían pasado los años desde el divorcio, el trato entre Jorg y los gemelos había ido deteriorándose poco a poco hasta convertir los lazos sanguíneos como lo único con la fuerza suficiente para seguir frecuentándose. Pero la tirantez era todavía más tangible entre Bill y su padre; había sido así desde que el chico empezara a hacer evidente su gusto por el maquillaje, la ropa ajustada y los hombres.

Y la última gota, esa que casi rogaba por rebalsarse, había logrado su cometido con el comportamiento. El comportamiento de Jorg era insoportable, incluso para ellos que ya no esperaban nada bueno de su parte.

—No vamos a tener una de esas odiosas cenas otra vez, ¿no? —preguntó Bill cuando se encontraban en el bus. Su padre no había salido tras ellos, por suerte—. Podrá ser quien puso su espermatozoide para crearnos —soltó una risita amarga—, pero estoy harto de su homofobia, y xenofobia, y que...

—Supongo. —Tom miraba a través la ventana—. Ya estamos grandes como para que puedan obligarnos a verlo si no queremos. —Se quedó unos segundos en silencio hasta que preguntó—: ¿De veras te gustaba el mozo?

—Sí —musitó Bill, embarazado—. Lo siento.

Tom negó con la cabeza y girando para verle, agarró su mano y la apretó.

—No importa —le sonrió. Los dos sabían que estaba mintiendo. Los límites no definidos (de su relación apenas derivada hacia un sentido romántico) comenzaban a tener sus repercusiones—. No importa porque, sea lo que sea, somos tú y yo, y nadie más.

Bill no dijo nada y apoyó la cabeza en el hombro de su gemelo, sintiendo que el episodio con su padre era nada comparado a la sensación de culpa e incertidumbre que le invadía, en ese instante, por la realización de que podría gustarle otro chico tanto o más que Tomi y las puertas desconocidas que ese hecho abría.

-fin-
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