Título: Consuelo
Claim: Tom/Bill
Resumen: No es un buen día para Bill. Por suerte, Tom está ahí para subirle el ánimo, no importa lo que tenga que hacer.
-
Miró su reflejo y dirigió un dedo hacia su mejilla, lo pasó un par de veces por encima de la bandita e hizo un mohín, vislumbrando de nuevo la posibilidad de que le quedara una cicatriz. Negó con la cabeza, cerrando los ojos un instante, para luego proceder a guitarse el maquillaje.
Minutos después, cuando estaba a punto de terminar con su ojo izquierdo, la puerta de su habitación comenzó a ser tocada con fuerza.
Los últimos dos días habían sido muy malos entre una cosa u otra, y Bill no se encontraba del mejor humor. Lanzando una maldición a quién estuviera del otro lado, siguió quitándose el delineador, esperando a que la persona entendiera la indirecta, sin embargo, los golpes no se detuvieron por nada.
—¡Bill, no te hagas de rogar!
Era la voz de su hermano.
Resoplando y más que dispuesto a mandarlo al infierno, fue hacia la puerta y la abrió, encontrándose con Tom, Gustav, Georg y unas cuantas personas más del staff, que sin dejar que dijera algo, se adentraron, haciéndole a un lado. Todos iban inmersos en una charla que no se detuvo ni siquiera para explicarle el porqué estaban ahí o saludarle.
Impresionado por un segundo y después seriamente furioso, Bill azotó la puerta, cerrándola con fuerza y caminó hacia Gustav con rapidez ya que era el que estaba más cerca, llamando su atención con un puntapié suave en una pantorrilla.
—¿Qué mierda hacen todos aquí? —El rubio se volteó hacia él y le palmeó la espalda.
—Hay algunos detalles del concierto que tienen que ser decididos, ya sabes —explicó con paciencia—. ¿Cómo va el corte?
—Exactamente igual que hace unas horas —ladró Bill en respuesta, e instintivamente se llevó la mano a la mejilla en gesto de preocupación—. Ya. ¿Pero por qué aquí? ¿Por qué justo ahora?… —Gustav alzó los hombros.
Durante el vuelo de la noche anterior Bill no fue capaz de dormir gracias a los ronquidos de Georg y David, además de que Tom se la pasó echado prácticamente encima de él y no quiso apartarle a pesar de la molestia y la incomodidad por lo lindo que se veía durmiendo.
Pero no pegar un ojo, aún estando tan cansado, nunca le había sentado bien, así que apenas llegó al hotel, planeó sumergirse en la tina por una hora al menos y obligarse a no pensar nada. Realmente necesitaba olvidarse del estrés de estar abriéndose poco a poco camino en el mercado nacional e internacional, de extrañar tanto su familia… y sobre todo, de las fans que comenzaban a acumular.
Así que ver repentinamente invadida su privacidad por una comitiva que no paraba de parlotear y hacer ruido, estaba haciendo que una creciente ganas de dejarse vencer y comenzar a llorar, creciera en su estómago y pecho.
—Hermanita, ¿qué te pasa? Luces si como estuvieras en esos días, o que un camión te hubiera atropellado. —Esa fue indudablemente la voz de Tom, a un costado de él y bromeando.
Bill apretó los puños y mostró los dientes cerrados, como si estuviera a punto de saltar hacia Tom y morderle la yugular.
—No fue un camión, pero sí una horda de fans —se molestó Georg en aclarar, que había visto de reojo su reacción y trataba de ahogar una sonrisa sin mucho éxito.
—Oh sí, es cierto… —Antes de que Tom pudiera añadir más, recibió un golpe en la cabeza que le hizo agacharla—. Bill, ¿qué mierda…?
Sin querer esperar a que Tom terminara de hablar o que la ira que sentía se diluyera un poco, Bill comenzó a gritar, agitar los brazos y a exigir que se marcharan todos, sin una pizca de cortesía o calma.
Los del staff, que ya habían visto muestras del carácter explosivo del menor de los Kaulitz, no lucieron demasiado ofendidos o sorprendidos, sin embargo, ante lo alterado que se mostraba, acordaron implícitamente salir sin rechistar y completamente en silencio.
Georg y Gustav se quedaron hasta el final, estando algo dubitativos de irse también, pero sólo bastó una mirada y el ceño fruncido de Bill para que ambos siguieran al resto. La puerta fue cerrada y el cuarto quedó completamente en silencio de nuevo.
Bill empezó a arrastrar los pies hasta la cama para derrumbarse ahí, sin ganas de levantarse hasta la hora de la cena, pero se encontró con que su hermano estaba sentado en uno de los sofás, mirándole con atención y jugando con su piercing casi compulsivamente. De inmediato pensó en gruñirle insultos y botarle a patadas pero se remitió a suspirar y a señalar la salida con la mano levantada.
—¿Qué haces aquí? Vete, quiero estar solo.
—No, no quieres.
—Sí…
—No. —Tom lucía tranquilo, y del humor burlesco que había mostrado unos minutos antes, no había ni rastros.
—¡Lár-ga-te!
El grito no logró lo que quería, ya que el otro chico únicamente negó con la cabeza y se incorporó, caminando hacia él. Sintiéndose impotente, Bill lanzó unos gritos más. Para cuando Tom llegó a su lado y puso una mano encima de sus hombros, dos lágrimas abandonaron sus ojos sin poderlo impedir.
—Estoy llorando —susurró como si fuera un gran descubrimiento.
—Ya sé. —Tom limpió los rastros de humedad antes de centrarse en acariciar el rasguño por encima de la bandita—. Oye, no me agrada que llores, lo sabes.
—Perdón —contestó con sarcasmo, apartándose rápidamente y mordiéndose el labio. Fue hacia el tocador que estaba abarrotado de lociones, maquillaje, laca, gel y demás de sus cosas, y se sentó, virando hacia Tom—. Me duele la garganta… y mucho. —Sin poderlo evitar, más lágrimas corrieron por sus mejillas.
Tom se quedó en silencio, hallándole explicación al ánimo tan decaído de Bill, y a por qué en el concierto del día anterior, en el último coro de la tercera canción del repertorio, la voz se le había quebrado.
Sin decidirse por acercarse e intentar confortarle con un abrazo, un beso o alguna palabra, se quedó quieto.
—Y con todos los malditos gritos que he dado por su jodida culpa, me duele aún más —añadió en un susurro.
Tom sabía que para Bill era muy importante no fallarle al público. Aún recordaba cuando habían tenido que cancelar algunos conciertos porque había estado enfermo, y lo deprimido que había estado los días posteriores, eso sin contar que deprimido, en Bill Kaulitz, es sinónimo de hipersensibilidad y gritos al por mayor.
—Imbécil, ¿por qué no vienes aquí y me consuelas? —la exclamación llamó su atención. Antes de que contestara, un peine de carey se estrelló con la pared y cayó al suelo—. Contigo siempre es lo mismo…
—Espero que eso no haya estado dirigido a mí —bromeó Tom y Bill siguió sollozando, escondiendo el rostro en sus manos. Suspiró pesadamente y se acercó—. Acuéstate temprano, ya no te deshagas en gritos, y verás como va a desaparecer el dolor en tu garganta.
Bill le incrustó su mirada brillante y penetrante, como si deseara meterle un calcetín en la boca para que se callara, y a la vez estar llamándole desesperadamente para que terminara de acercarse y le besara.
—Si me quedo afónico vamos a tener que… —intentó decir, pero una caricia en su cabello le hizo guardar silencio—. Tom. —Su hermano le hizo levantarse para que quedara a su altura y le sonrió.
—No, mañana vas a estar bien —le afirmó con suavidad—, y el concierto va a ser aún mejor que los anteriores. —Bill le enfrentó con los ojos llorosos y enrojecidos, como si estuviera a punto de romperse—. Mierda, sabes que iba en serio lo de no me gustarme verte llorar, Bill.
—Si no quieres estar aquí, sabes donde está la jodida puerta. —Limpiándose con el revés de la mano las lágrimas que por tercera vez comenzaban a caer, intentó alejarse, pero los brazos de Tom no le permitieron hacerlo.
—No me voy a ir —afirmó, acercando sus labios a los de Bill y haciendo que sus respiraciones se confundieran—. Cada vez que me has necesitado he estado aquí, ¿te acuerdas? —Y le besó, adentrando sus manos debajo de la camiseta y acariciando la espalda con lentitud.
Un suspiro de Bill se ahogó en la boca de su hermano, empezando a sentirse un poco mejor.
Tom no era precisamente una persona cariñosa y expresiva, incluso prefería estar escuchando música o haciendo bromas antes de gastar energía en hacer mimos o dedicar palabras de ánimo a alguien. Pero cuando se trataba de Bill, todo era diferente, y cuando algo iba mal, permanecía a su lado todo el tiempo posible, dejándose llevar por su instinto de protección.
Cuando se separaron, Bill ya no llevaba una expresión tan abatida, aunque sus ojos seguían luciendo apagados y, Tom estaba seguro, permanecerían así a menos que pusiera todo de su parte. Siguió las caricias en la espalda unos segundos más antes de retirar las manos y poner una en su mentón, en gesto pensativo.
Frankfurt era un lugar muy grande, pero ya habían tenido una presentación antes que habían salido bien, así que sabían que no tenían nada de qué preocuparse. De todos modos, para los cuatro chicos, cada vez que se alejaban de Hamburgo, no podían evitar que la excitación se apoderara de ellos.
Tokio Hotel recién comenzaba a ser una banda conocida, pero ya tenían una cantidad considerable de fans que estaban pendientes de ellos y que les esperaban a la salida de los hoteles o en los aeropuertos para pedirles autógrafos y fotos.
Cuando habían llegado a la ciudad, a primeras horas de la mañana, no había sido diferente. Un grupo de chicas sonrientes habían estado aguardando por ellos. Sin hacerse problemas, accedieron a tomarse fotos y a recibir un par regalos; no hubo problemas hasta que Saki les avisó que ya era hora de retirarse al hotel.
Gustav y Tom fueron los primeros en entrar en la camioneta y Georg se les unió a los pocos segundos, sin embargo, una chica le había tomado fuertemente del brazo a Bill, y a pesar de los intentos del cantante para soltarse, no le dejaba ir. Al final había sido un desastre, porque a la muchacha se le unieron las otras, y Bill mientras trataba de romper la barrera y liberarse, terminó arañado y con el cabello hecho un desastre.
—Será mejor que te quites la bandita, no es bueno tenerla mucho tiempo. —Bill asintió y giró el rostro hacia un lado, dando a entender que quería que lo hiciera por él. Tom la sacó y luego depositó un beso corto en la piel herida—. No se ve tan mal, de seguro la cicatriz no se verá muy fea.
—¡Tom! —reclamó.
—Bromeo —aclaró, sacándole la lengua un poco y antes de hacer algo más, Bill le besó atrapándole con sus brazos, y cuando el beso estaba tornándose más profundo, su labio inferior fue atrapado y mordido con fuerza, haciendo que el contacto de sus bocas terminara abruptamente—. ¡Ouch! ¿Por qué fue eso?
—Porque eres un imbécil. —Tomándole de la mano, Bill caminó hacia la cama y se acostó, haciendo que su gemelo hiciese lo mismo para terminar acurrucándose contra él—. Tomi, esta noche vas a tener que hacer muchas cosas para hacerme sentir bien.
—¿Cosas cómo cuáles? —Tom alzó una ceja y Bill hizo un puchero.
—No sé, muchas. Por ejemplo, mi cabello necesita un acondicionamiento y mis uñas…
—¿Qué? —El mayor de los Kaulitz se guardó un gesto de desagrado ante la perspectiva de hacer de ayudante personal a su hermano—. ¿Qué te parece si hacemos otra cosa…? —preguntó, bajando la cremallera del pantalón de Bill y sonriéndole.
—No —contestó, apartando las manos de Tom—. Tomi, no puedo gritar y cuando te pones en ese plan, siempre termino haciéndolo. Pero mira mis uñas, en serio, ¿no crees que…?
Definitivamente las horas que seguirían serían largas para Tom.
fin
-
Nota: Mientras escribía esto, me acordé de dos rumores: Uno, que en no sé qué par de conciertos que se tuvieron que cancelar porque Bill estaba sin voz, Tom fue el que le consoló porque el chico estaba llorando y demás. El otro consistía en que una fan, tratando de alcanzar sus lentes, le arañó con una uña, corte que no paró de sangrar en diez minutos.