Título: ¿A quién no le gusta jugar?
Claim: Tom/Bill
Resumen: Uno de los hermanos quiere jugar a las escondidas, pero el otro se niega rotundamente. Luego de intentar varias formas de persuadirlo, ambos utilizan el juego como pretexto para hacer lo que dejaron sin terminar.
El tamborilear de los dedos de Georg contra la mesa, la respiración acompasada de Gustav y sobre todo el sonido de la música que escuchaba Tom, le estaba volviendo loco.
Bill dejó de mirar sus uñas perfectamente arregladas y de tararear melodías sin sentido. Se levantó de la silla donde había estado desde hacía casi quince minutos y caminó unos cuantos pasos, buscando estirar sus músculos.
El día comenzó relativamente bien. Habían llegado a la ciudad, descansado unas cuantas horas, realizado las pruebas de sonido sin ningún percance. Incluso, en el vestíbulo del hotel, no hubieron tantas fans que les acosaron queriendo fotos y autógrafos.
De igual modo, el concierto había resultado bien y sin contratiempos… pero ahí terminó la “suerte”. Cuando estaban por dejar el anfiteatro, un par de horas después luego de ya haber terminado la presentación y de que el público hubiera dejado todo vacío, el cielo, literalmente, empezó a caerles encima.
Y con tanta lluvia y el hotel ubicado al otro lado de la ciudad, fue imposible que pensarán siquiera en abandonar el lugar hasta que se todo se calmara.
—Hace calor, ¿no? La calefacción está muy alta –comentó, tratando de llamar la atención de alguien. Estaba realmente aburrido.
La única respuesta que obtuvo fue un “Quizá no te sentirías así sino tuvieras tantas cosas encima…”. Tornó los ojos y dio unos pasos más. Realmente sentía calor, pero sabía que no era porque la estancia estuviera unos grados más altos de lo agradable, o similar.
Sonrió y brincó hacia donde estaba su hermano, sentándose a su lado. Tom ni se fijó en su presencia; él seguía escuchando su música con los audífonos puestos a todo volumen, y con los ojos cerrados, moviendo los pies y la cabeza al compás.
Bill le miró por unos segundos para luego centrar la mirada en sus uñas, de nuevo, sin embargo, no se quedó quieto porque sin disimulo, pateó a Tom, quien sólo frunció el ceño como respuesta y, para molestia suya, no hizo algo más. Dejó que unos minutos pasaran y su pie de nuevo chocó contra la pierna de su gemelo.
Como a la segunda patada Tom tampoco se había movido, decidió inclinarse sobre él y le tincó la punta de la nariz con fuerza. Con eso sí hubo reacción: unos ojos idénticos a los suyos se lucieron y le miraron con rabia; estaban húmedos.
—¿Por qué mierda hiciste eso? –preguntó Tom, cubriéndose con una mano su nariz. Sus audífonos habían caído sobre su regazo ante su sobresalto.
—Me aburro –respondió Bill, con simpleza, como si eso justificara todo—. Hay que jugar a algo. —Georg, que estaba entreteniéndose con su celular, soltó una risita. Gustav estaba dormitando.
—Estás loco… —exclamó con cara de pocos amigos. Se acomodó, disponiéndose a volver a escuchar música—. Déjame en paz y ve a molestar a Georg –completó, bajando sus párpados. El mencionado gruñó y Bill sonrió de costado.
Eso le entretenía, de cierto modo. Molestar a Tomi… y conseguir que le prestara atención, así que no iba a desistir. Iba a jugar con Tom.
Le pateó por tercera vez y se pegó mucho a su cuerpo, aferrándose de uno de sus brazos.
—No, Tom. Georg es un aburrido y Gustav… —se interrumpió un segundo— es Gustav. Vamos.
Tom gruñó incoherencias y trató de ignorar a Bill, pero éste no se rindió sino que siguió picándole con un dedo o bien palmeando sin fuerza por todo lado. Cuando una de sus rastas fue agarrada y jalada, y le dolió, supo que había perdido. Él siempre terminaba cediendo y eso, lamentablemente, también lo sabía su hermano.
—¿Jugamos, Tom? —Bill estaba risueño, tenía la victoria entre sus manos.
—¿Jugar a qué? —cuestionó, aún sin mirarlo. Como Bill no le respondió de inmediato y más bien puso una cara pensativa, sonrió triunfante—. ¿Ni siquiera sabes?… Creo que lo mejor será que vayas a maquillarte o algo así.
Bill bufó, aparentemente enojado, pero al siguiente segundo, sonrió y apretó el agarre en el brazo del otro chico.
—A las escondidas, a eso jugaremos —anunció. Sin creérselo, Tom levantó el dedo índice y pulgar, para formar una gran “L” en su frente—. Es en serio.
—Me gustaría saber qué dirían tus admiradoras si supieran que tanta madurez es únicamente una pantalla bajo la cual se oculta un… niño. —Bill, en vez de molestarse o siquiera fruncir el ceño, se incorporó y se sentó encima sus piernas—. ¿Qué haces? —preguntó, alzando una ceja.
—Tú eres el más “niño” de los dos —contestó, al fin. Y luego agregó —: Te quiero, y a pesar de eso, no me haces caso. Eso te convierte en un niño malo.
Georg carraspeó muy alto, pero siguió sin prestarles verdadera atención. Gustav saltó de su sitio ante el sonido hecho por el bajista, pero solo se molestó en abrir un ojo, captar la extraña posición en la que estaban los gemelos y dejar caer la cabeza de nuevo, adormeciéndose prontamente. Prestarle atención a Bill y a Tom sería una pérdida de tiempo. Ellos tenían como vicio el molestarse mutuamente.
—Bill, pesas. —Su hermano seguía aún en su regazo y se veía sin intención de moverse de ahí pronto—. Quítate.
—Juguemos a las escondidas —pidió, repitiendo. Por impulso se había sentado ahí, y si seguía sin moverse era porque la posición era muy cómoda.
Tom negó con la cabeza y apartó con cuidado su iPod y sus audífonos, antes de poner las manos encima de los hombros de Bill y empujar con fuerza. Si bien logró que Bill terminara en el suelo, no fue el único ya que éste se había asido de sus brazos y jalado con él.
Ambos estaban en el suelo.
—¿Qué quieres?
—Jugar. —No se movieron. Tom estaba encima de Bill, una mano a cada lado de su cara y a pocos centímetros de su rostro—. Ju-gar —silabeó—, eso quiero.
Como fue pronunciado, a Tom se le antojó sugestivo, demasiado quizá. Se levantó y a pasos rápidos fue hasta el minibar y sacó una cerveza. Bill tampoco se quedó mucho tiempo sin moverse, sino que sentó y cruzó las piernas… Sabía que le faltaba poco para convencer a Tom.
—Juguemos a las escondidas.
—¡Por favor, no sigas! —gruñó de mala gana antes de tomar un gran sorbo de cerveza. Ya había comenzando a impacientarse, además no se le hacía agradable estar así frente a sus compañeros de banda, aunque uno estuviese embobado con su celular y el otro durmiera.
—Juguemos. Yo me esconderé… y tú deberás encontrarme. Deberías hacerme caso. La pasaremos bien, aparte que podremos… —Bill no siguió hablando, pero sacó su lengua y la pasó por sus labios.
Tom dejó a un lado la lata de cerveza, le clavó los ojos encima y ambos supieron que Bill finalmente había conseguido lo que buscaba.
“Maldito sexo. Maldito Bill… Bendito y jodido incesto”, fue lo que pensó antes de acercarse a donde estaba su gemelo, agacharse y susurrarle unas cuantas palabras a su oído. Bill rió y se levantó ágilmente del piso. Tom también se incorporó.
—Bien, tienes… —miró el reloj electrónico que estaba fijo en una de las paredes— exactamente tres minutos para encontrar un buen lugar… para esconderte. —Bill sonrió de lado.
Después de añadir un asentimiento a su sonrisa, el vocalista hizo adiós con la mano antes de desaparecer aceleradamente. Tom volvió a donde estaba sentado antes de que Bill comenzara a molestarlo y se relajó, dejando que la música se escuchara de nuevo.
Georg arrugó la nariz, pensando que ya no se movería de ahí hasta que el otro chico entrara exudando disgusto y echando fuego por los ojos porque su hermano se “olvidó”; o que alguien entrara y avisara que la tormenta había amainado y que los caminos ya estaban despejados.
Grande fue su sorpresa cuando, exactamente un par de minutos después, Tom se desperezó y con los labios formando una amplia sonrisa, se perdió entre los pasillos, tal y cómo había hecho antes Bill.
—Par de locos —susurró.
No había nada nuevo: a Bill le apetecía algo, le decía a Tom, éste se negaba al principio pero siempre terminaba haciendo lo que el menor quería… lo que sí le llamaba la atención eran las actitudes extrañas.
Alzó los hombros y siguió alternando entre contestar mensajes de texto y jugar.
Tom sentía como su cuerpo comenzaba a reaccionar por la anticipación. Su respiración se aceleraba y las palmas de sus manos ya estaban húmedas. Buscó en el cuarto de ensayos y en el de control de luces y nada… Sonrió. Se hacía más interesante. Jugar a las escondidas, ¿eh? Esperaba que valiera la pena estar caminando y rebuscando cada lugar con cierta incomodidad palpitante.
Después de unos minutos, cuando ya no arrastraba los pies, sino por el contrario apuraba el paso, llegó a uno de los camerinos que comúnmente usaban los del staff para descanso. Estaba vacío, aparentemente, pero Bill debía estar ahí. Era un buen sitio, con el ambiente templado y, sobre todo, estaba un poco alejado del resto.
—¿Dónde estás… gatita? —susurró y su aliento se cortó cuando un sonido parecido a un maullido le contestó. Recorrió un poco la pared, buscando el interruptor y cuando lo encontró, lo subió. Ahí estaba Bill sonriendo, echado en un sofá—. Fin del juego.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Si no molestaras tanto y pidieras directamente lo que quieres, lo obtendrías más rápido —respondió, acercándose y buscando ponerse encima del cuerpo de Bill—. ¿Terminamos lo que dejamos pendiente en la mañana?
—Uh, Tomi… —Su voz fue ahogada por un beso.
-fin-