« No hay mañana sin ayer. »
No sé cómo he llegado hasta este punto y tampoco es que me preocupe. Simplemente entré sin llamar, y me colé en bastantes vidas. Sólo estuve de paso, sin concentrarme en ninguna, ni siquiera en la mía. Hasta que las circunstancias me hicieron malcreer que aquella vida era más resplandeciente que el resto y quise ser parte de ella.
Di casi todo durante demasiado tiempo por una parpadeante sonrisa de dos segundos destellando mis incrédulos ojos, porque su mirada penetrante que desnudaba mi ser derritiera la mía, por unas palabras de la dulce voz que callaba, en las que dirigiera su confianza hacia mí... finalmente lo conseguí hasta un extremo inimaginable... pero entonces su vida perdió valor para mí al descubrir cómo era detrás de los engaños. Volvimos a ser como dos extraños cogidos de la mano de un enorme interrogante.
Desde entonces una oleada de sinsentido acabó retumbando en mi cabeza, echando atrás el olvido, escupiendo a la palabra perdón. Era alérgica a amar, adicta a hacer daño. El mal que hacía aparecer en los demás cubría con una fina capa el pozo de vulnerabilidad que se había abierto, pero no me hacía sentir menos hueca ni menos despreciable.
Quería jugar a sentirme capaz de tener el mundo bajo mis pies. Nada me importaba. Nada parecía ser lo suficientemente bueno para mí.
Entonces llegaste tú, allí donde estaba ella, mi única confidente en aquel entonces, dándole luz a una humareda de oscuridad. Yo no sabía cuánta luz podría estar desprendiendo a tus ojos, pero parece que te acabé cegando. Éramos dos que habían perdido apostando por ése estúpido vicio llamado amor, dos locos con miedo pero dispuestos a volver a caer de la mano por un precipicio. No creí poder levantar la cabeza del suelo sino era contigo. Ahora que sé que te tengo, que a ratos puedo mirarte a los ojos, sentir tus manos acercándome a tu pecho en un abrazo, aprecio aún más los pequeños vientos que forman un huracán.
Pero no me gusta vivir como en un sueño cuando me toca despertar. Me saben amargas las despedidas espontáneas, no me gusta el sabor de los últimos besos ni saber que cualquier día, sin más, podría haber un definitivo adiós.
A ti, a ella, os llevo tan dentro que si alguna noche me percatara de que realmente alguno me faltara, me quedaría tan reducida e inservible como un puzzle de tres piezas al que le faltan dos.
Di casi todo durante demasiado tiempo por una parpadeante sonrisa de dos segundos destellando mis incrédulos ojos, porque su mirada penetrante que desnudaba mi ser derritiera la mía, por unas palabras de la dulce voz que callaba, en las que dirigiera su confianza hacia mí... finalmente lo conseguí hasta un extremo inimaginable... pero entonces su vida perdió valor para mí al descubrir cómo era detrás de los engaños. Volvimos a ser como dos extraños cogidos de la mano de un enorme interrogante.
Desde entonces una oleada de sinsentido acabó retumbando en mi cabeza, echando atrás el olvido, escupiendo a la palabra perdón. Era alérgica a amar, adicta a hacer daño. El mal que hacía aparecer en los demás cubría con una fina capa el pozo de vulnerabilidad que se había abierto, pero no me hacía sentir menos hueca ni menos despreciable.
Quería jugar a sentirme capaz de tener el mundo bajo mis pies. Nada me importaba. Nada parecía ser lo suficientemente bueno para mí.
Entonces llegaste tú, allí donde estaba ella, mi única confidente en aquel entonces, dándole luz a una humareda de oscuridad. Yo no sabía cuánta luz podría estar desprendiendo a tus ojos, pero parece que te acabé cegando. Éramos dos que habían perdido apostando por ése estúpido vicio llamado amor, dos locos con miedo pero dispuestos a volver a caer de la mano por un precipicio. No creí poder levantar la cabeza del suelo sino era contigo. Ahora que sé que te tengo, que a ratos puedo mirarte a los ojos, sentir tus manos acercándome a tu pecho en un abrazo, aprecio aún más los pequeños vientos que forman un huracán.
Pero no me gusta vivir como en un sueño cuando me toca despertar. Me saben amargas las despedidas espontáneas, no me gusta el sabor de los últimos besos ni saber que cualquier día, sin más, podría haber un definitivo adiós.
A ti, a ella, os llevo tan dentro que si alguna noche me percatara de que realmente alguno me faltara, me quedaría tan reducida e inservible como un puzzle de tres piezas al que le faltan dos.
† Azuka †
touched