Desde hace semanas lo sospecha. Solo. No es que no entienda sobre anatomía masculina y sus límites en cuanto a reproducción, pero es que él no es hombre del todo. Como país, debería ser asexual si acaso el amor por la belleza no hubiera despertado sus instintos más nobles, más bellos, más afrodisiacos. Sentir amor es inevitable, sea uno país o no. Pero hay restricciones, o al menos él lo creía, con respecto a cuanto pueden aventurar en el terreno del amor. Ni siquiera los países con forma de mujeres se escapan de ello.
Entonces, ¿por qué él? ¿Por qué ahora? Si él ya había tenido “hijos” antes. Estaba Seychelles, estaba Camerún, estaba Guayana Francesa, eran demasiado para recordarlos a todos. Incluso una parte de Estados Unidos. Y…Y… Vale, ya le vendría el nombre del otro. A la larga de hijos pasaron a hermanos menores y así su edad quedó tranquila.
Los síntomas son claros. Los había observado en ciento de mujeres desde que aprendió el arte del amor en la edad media. Y él no se había protegido estas últimas semanas (en los clubes se les olvidaba, en su casa le daba flojera, en los hoteles también, en la terapia para adictos al sexo, donde va a follar, prohíben cargar con ellos), un accidente podría pasar pese a toda lógica.
Otra vez: los síntomas son claros.
¿Y quién podría ser el padre de la criatura? No recuerda el rostro de nadie, el de algunas mujeres sí pero desconfía que ellas hubieran logrado cambiar papeles en el orden natural de las cosas. Sólo podía ser un individuo de igual naturaleza que la suya.
Observa el mapa de Europa. Sólo Europa. Sus ojos se pasean por Alemania (“No, si apenas nos hemos vistos estos meses y nunca pasamos del portazo en la cara…”), Prusia (“Demasiado heterosexual para mí”), España (“Uy, no, primero lo pongo en adopción”), y por último, después de decidir que definitivamente no había estado con ningún escandinavo estos últimos meses (“¡Corazón roto, corazón, oh cuánto te lloro…! Ah, espera, no es momento de componer poesía”), sus ojos reparan en Inglaterra.
Inglaterra.
¿Acaso es una mejor opción, más probable que Alemania o Prusia? Sin duda sí. Más que nada porque no recuerda en nada si había estado con él estas últimas semanas, signo de habérsele borrado la vida a punta de su alcohol, y todo es mejor que verse rebajado a tener un hijo con España, que en la vida aceptaría. O acaso un americano como Estados Unidos o ese otro país que no conseguía recordar.
Además, tiene lógica. Tiene sentido. Ya vería cómo lo tiene pero lo tiene.
Y es entonces cuando se decide llamarlo.
(Cerrado para Inglaterra, pero si alguien más se quiere meter para aportar algo o nada al asunto, pues dele)
Entonces, ¿por qué él? ¿Por qué ahora? Si él ya había tenido “hijos” antes. Estaba Seychelles, estaba Camerún, estaba Guayana Francesa, eran demasiado para recordarlos a todos. Incluso una parte de Estados Unidos. Y…Y… Vale, ya le vendría el nombre del otro. A la larga de hijos pasaron a hermanos menores y así su edad quedó tranquila.
Los síntomas son claros. Los había observado en ciento de mujeres desde que aprendió el arte del amor en la edad media. Y él no se había protegido estas últimas semanas (en los clubes se les olvidaba, en su casa le daba flojera, en los hoteles también, en la terapia para adictos al sexo, donde va a follar, prohíben cargar con ellos), un accidente podría pasar pese a toda lógica.
Otra vez: los síntomas son claros.
¿Y quién podría ser el padre de la criatura? No recuerda el rostro de nadie, el de algunas mujeres sí pero desconfía que ellas hubieran logrado cambiar papeles en el orden natural de las cosas. Sólo podía ser un individuo de igual naturaleza que la suya.
Observa el mapa de Europa. Sólo Europa. Sus ojos se pasean por Alemania (“No, si apenas nos hemos vistos estos meses y nunca pasamos del portazo en la cara…”), Prusia (“Demasiado heterosexual para mí”), España (“Uy, no, primero lo pongo en adopción”), y por último, después de decidir que definitivamente no había estado con ningún escandinavo estos últimos meses (“¡Corazón roto, corazón, oh cuánto te lloro…! Ah, espera, no es momento de componer poesía”), sus ojos reparan en Inglaterra.
Inglaterra.
¿Acaso es una mejor opción, más probable que Alemania o Prusia? Sin duda sí. Más que nada porque no recuerda en nada si había estado con él estas últimas semanas, signo de habérsele borrado la vida a punta de su alcohol, y todo es mejor que verse rebajado a tener un hijo con España, que en la vida aceptaría. O acaso un americano como Estados Unidos o ese otro país que no conseguía recordar.
Además, tiene lógica. Tiene sentido. Ya vería cómo lo tiene pero lo tiene.
Y es entonces cuando se decide llamarlo.
(Cerrado para Inglaterra, pero si alguien más se quiere meter para aportar algo o nada al asunto, pues dele)
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